Estados Unidos regresa al Mundial con una generación ambiciosa
INGLEWOOD, California — Han pasado más de treinta años, pero este viernes, en el sur de California, el Mundial vuelve a pisar suelo estadounidense. No es un simple regreso del mayor espectáculo deportivo del planeta. Para la selección masculina de Estados Unidos, el duelo ante Paraguay en el estreno de la fase de grupos es el inicio de un ajuste de cuentas con su propia historia.
Durante décadas, el relato ha sido el mismo: inversión creciente, estadios llenos, una liga en expansión… y, sin embargo, un techo competitivo imposible de romper frente a las potencias europeas y sudamericanas. Desde aquel viaje mágico a los cuartos de final en 2002, el equipo solo ha celebrado tres victorias mundialistas. Demasiado poco para un país que se ha acostumbrado a liderar en casi todo.
Esta vez el contexto es distinto. Y se nota en el ambiente.
Una generación que ya no se conforma
La federación marcó el Mundial 2026 en rojo hace casi una década. Era el gran objetivo: organizar el torneo y, al mismo tiempo, presentar una selección capaz de mirar de frente a cualquiera. No solo competir. Imponer respeto.
La madurez de esta generación llega justo a tiempo. Por primera vez, los nombres clave del combinado estadounidense no son promesas aisladas, sino protagonistas estables en la élite europea.
- Tyler Adams manda en el centro del campo de un club de la Premier League.
- Chris Richards y Antonee Robinson se han ganado un lugar fijo en defensas del mismo campeonato, el más exigente del mundo.
- Weston McKennie es pieza importante en la Juventus.
- Christian Pulisic, aquel niño prodigio que cargaba con demasiadas expectativas a los 20, es hoy, con 27 años, una estrella consolidada en AC Milan.
El propio Adams lo resumió en la víspera: esta Copa del Mundo es, para él, la gran oportunidad de “hacer crecer el juego, inspirar a la gente y mostrar que los jugadores estadounidenses están al nivel del resto del mundo”. No habló de dar una buena imagen. Habló de estar al nivel. La diferencia semántica es también futbolística.
Paraguay, primer examen con trampa
El debut, sin embargo, no admite relajaciones. Paraguay, número 40 del ranking FIFA, llega como primer obstáculo de un grupo que se completa con Australia y Turquía. Un rival incómodo, físico, de esos que no conceden un minuto de respiro.
El antecedente más reciente avisa: en noviembre pasado, en un amistoso, Estados Unidos se impuso 2-1, pero el partido terminó con una trifulca en el tiempo añadido. Hubo tensión, choques, reproches. Nada de atmósfera amistosa.
Tim Weah lo tiene claro: “Sabemos que van a ser súper, súper agresivos, así que tendremos que igualar eso. Lo vimos la última vez que jugamos contra ellos”. No es una advertencia retórica. Es un recordatorio de que, en un Mundial, la técnica sin intensidad se queda corta.
Paraguay, además, llega tocada. Su mayor talento, el centrocampista de 22 años Julio Enciso, tuvo que abandonar en camilla el último amistoso de preparación, en la primera parte. Su presencia en este estreno es una incógnita seria. Si no juega, el equipo sudamericano pierde desequilibrio y creatividad entre líneas. Si fuerza, lo hará lejos de su mejor condición física. En ambos escenarios, Estados Unidos está obligado a castigar la debilidad.
Un grupo a la medida de la ambición
El calendario no da margen para el lamento. Tras el choque ante Paraguay, Estados Unidos se medirá a Australia la próxima semana y cerrará la fase de grupos el 25 de junio frente a Turquía. Tres partidos que, sobre el papel, no pertenecen a la aristocracia mundial, pero que esconden trampas suficientes como para derribar a cualquiera que se crea más de lo que es.
Para la selección anfitriona, el reto va más allá de superar la primera ronda. Se trata de cambiar la conversación. Dejar de ser el país que “progresa” para convertirse en el que compite hasta el final. El escenario es perfecto, la generación está lista y el torneo se juega en casa.
Ahora falta lo único que nunca se puede planificar desde un despacho: que el equipo responda cuando el árbitro marque el inicio del Mundial y el balón eche a rodar en Inglewood.
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