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Inglaterra avanza en el Mundial: victoria épica sobre México

La noche en el Estadio Azteca lo tuvo todo: altura, ruido, drama, una expulsión, penaltis, épica… y una lesión absurda que dejó a Thomas Tuchel con el gesto partido en dos.

Inglaterra, con diez futbolistas durante casi toda la segunda parte, sobrevivió a un asedio feroz de México para firmar un 3-2 de Mundial en los octavos de final y citarse con Noruega en cuartos, en Miami. Una victoria heroica. Una celebración que terminó en silencio.

Bellingham en modo relámpago, Quansah a la calle

El plan inglés pareció perfecto desde el primer suspiro. Jude Bellingham golpeó dos veces con una rapidez devastadora y congeló el ambiente en el Azteca. Dos zarpazos, dos definiciones, y la selección de Tuchel se encontró con un 0-2 que parecía de videojuego ante un estadio incrédulo.

México reaccionó como se esperaba. Empujado por un público que no acepta rendiciones en casa, el conjunto anfitrión se lanzó al cuello del rival. Julian Quinones recortó distancias y encendió definitivamente la caldera. El ruido bajó del graderío al césped.

El partido cambió de tono. Y se volvió volcánico cuando Jarell Quansah vio la tarjeta roja. Inglaterra se quedó con diez en la altura de Ciudad de México, con media hora larga por delante y un estadio que olía sangre.

Kane, protagonista total en la montaña rusa

En medio del caos, apareció el capitán. Harry Kane asumió la responsabilidad desde el punto de penalti para firmar el 1-3 y dar un respiro a los suyos. Un golpe de frialdad en un entorno que quemaba.

Pero el propio Kane reabrió el duelo en la otra área. Cometió un penalti que Raúl Jiménez transformó, devolviendo a México al partido y desatando un asedio final que puso a prueba cada fibra defensiva inglesa.

Los últimos 40-50 minutos, como los describió Tuchel, fueron una cuestión de resistencia, de piernas y de cabeza. Diez jugadores, altura castigadora, un rival empujado por la historia y por las gradas. Inglaterra se atrincheró, corrió, cerró líneas y defendió el resultado con una determinación que el seleccionador definió como “heroica”.

Cuando el árbitro llevó el silbato a la boca y puso fin al sufrimiento, la explosión fue total. Jugadores desbordados sobre el césped, abrazos, gritos, liberación pura. Parecía una final, no un simple cruce de octavos.

El golpe inesperado: Henderson, al hospital

Y entonces llegó la escena que cambió el gesto de Tuchel.

Tras el pitido final, la selección inglesa se plantó frente a su afición para entonar la ya habitual “Wonderwall” de Oasis. Un ritual que se ha convertido en sello de este grupo. Entre risas, cánticos y brazos al aire, Jordan Henderson, suplente sin minutos pero amonestado incluso desde la banda, intentó regresar al campo tras la celebración.

En ese movimiento, al trepar de vuelta por las vallas publicitarias, sufrió una caída fea. El centrocampista se golpeó con violencia y quedó tendido. El festejo se cortó en seco. Henderson abandonó el estadio en camilla y fue trasladado de inmediato a un hospital de Ciudad de México.

Las primeras noticias desde el vestuario no fueron tranquilizadoras. Tuchel confirmó que se trata de “una lesión bastante seria” en la muñeca y que el jugador no viajaría con el resto de la expedición a Kansas City esa misma noche, al necesitar tratamiento médico continuado en la capital mexicana.

“Mis emociones son muy mixtas”, admitió el técnico. Orgullo absoluto por la mentalidad y la actitud, pero atravesado por la preocupación por uno de los líderes del vestuario. En una noche que rozó la perfección competitiva, la imagen de Henderson rumbo al hospital dejó una sombra evidente.

Una gesta en territorio prohibido

El contexto engrandece aún más el resultado. México solo había perdido dos de sus últimos 89 partidos oficiales en el Azteca. El estadio, la altura, el ruido y el peso de la historia convertían el cruce en una trampa monumental para cualquiera. Para Inglaterra, también.

Retraso en el inicio del encuentro, ambiente hostil, un rival crecido, una expulsión, penaltis en ambas áreas. Todo lo que podía complicar la noche, apareció. Y, sin embargo, el equipo de Tuchel encontró la manera de ganar.

El propio entrenador situó esta victoria en la “máxima categoría” de su carrera, tanto por el contexto deportivo como por la experiencia vivida en el país y el camino hasta el estadio, con las calles tomadas por aficionados locales.

Ahora espera Noruega en Miami, con una Inglaterra extenuada pero lanzada anímicamente y con un vestuario pendiente del parte médico de Henderson. El torneo entra en su tramo decisivo. La pregunta es clara: ¿cuánto más puede resistir este equipo que ya ha demostrado que, cuando todo se tuerce, sabe encontrar una salida?