Lamine Yamal: De debutante a rey de la Liga
Lamine Yamal empezó la temporada con una corona invisible y la terminó con una bandera en la mano. En agosto, con la última patada del partido inaugural, el nuevo 10 del Barcelona –el adolescente al que le habían entregado el dorsal de Ladislao Kubala, Luis Suárez, Diego Maradona, Rivaldo, Ronaldinho y Lionel Messi– marcó ante el Mallorca. Era su primer gol como profesional. Lo celebró como si se estuviera coronando a sí mismo. Ahí arrancó la carrera por la Liga.
Nueve meses después, con el título ya corrido y ganado, el autobús del campeón atravesaba Barcelona. Desde la parte alta del bus descapotable, Lamine Yamal sostenía una bandera de Palestina. Hansi Flick, su entrenador y figura paterna, no esquivó el asunto: “No es algo que me guste normalmente, pero hablé con él y si quiere hacerlo es su decisión. Es suficientemente mayor: tiene 18 años”. Mayor de edad a la vista de todos. Y en una temporada que no había sido sencilla. Lesiones, dudas, lo que el propio Lamine llamó después “un abismo interno”. Al final, tercera Liga para él. Segunda para Flick, el técnico que, el día que se proclamaron campeones, recibió la noticia de la muerte de su padre y decidió compartir el duelo con su otra “familia”. Le preguntaron si alguna vez había sentido tanto cariño. “No, nunca”, respondió.
El clásico que cerró una Liga y abrió una herida
El campeonato, en realidad, Barcelona lo había dejado visto para sentencia en el derbi contra el Espanyol, siete jornadas antes del final. Lamine Yamal se lanzó hacia la línea de meta con los brazos abiertos, como si imitara a Usain Bolt mirando de reojo a Richard Thompson y Walter Dix. La certificación matemática llegó en la jornada 35, en un clásico que cerró la Liga por primera vez en 94 años.
Tres días antes se había roto el vestuario del Real Madrid. Una pelea en el camerino entre Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni acabó con el vicecapitán en el hospital, puntos de sutura y un parte médico que hablaba de “trauma craneofacial”. Esta vez, el golpe definitivo lo asestó Marcus Rashford. Barcelona, que había jugado en tres estadios distintos durante la temporada, ganó todos los partidos en cada una de esas casas provisionales. Aquel clásico fue su undécima victoria consecutiva, la número 23 en 25 encuentros desde el anterior duelo entre ambos, 600 kilómetros más al oeste.
Cuesta creerlo si uno mira atrás. A finales de octubre, con Flick advirtiendo que “el ego mata el éxito”, Rayo había encontrado la “Línea Flick” y Sevilla había abierto en canal al Barça. Madrid ganó 2-1 en el Santiago Bernabéu y se fue cinco puntos arriba. Esa noche, Jude Bellingham respondió a las palabras de Lamine Yamal llamándolas “charla barata” y las acompañó con “A Little Less Conversation” de Elvis; Dani Carvajal le dedicó el gesto clásico de la cháchara con la mano. Pero el ruido acabó volviéndose en su contra: Madrid tenía su propia boca de la que preocuparse. Vinícius Júnior se marchó enfadado a 18 minutos del final. Xabi Alonso pidió centrarse “en lo que de verdad importa”. Resultó que eso era precisamente lo que importaba. El entrenador se quedó solo, las costuras aparecieron y se abrieron.
El siguiente cara a cara trajo la Supercopa para el Barça y el cierre de un ciclo que Alonso sentía que había empezado demasiado pronto y terminado igual de rápido. Llegó otro técnico que tampoco supo manejar la situación. Álvaro Arbeloa dijo todas las frases correctas que, en realidad, eran las equivocadas. Ofreció su sofá gris para que los jugadores se sinceraran y repartió donuts cuando el equipo rendía bien, algo que ocurrió poco. “No soy Gandalf”, avisó. Cuando el gran clásico de mayo volvió a cruzarles, el Madrid ya estaba fuera de Europa, fuera de la Copa y casi fuera de sí. Dividido, agotado, deseando que todo terminara. Noventa minutos después, también estaba fuera de la lucha por la Liga: 12 puntos por detrás, con solo nueve en juego, y otra temporada vacía.
Kylian Mbappé, mientras tanto, estaba simplemente fuera. Se escapó a Sicilia. “Let’s go Madrid!”, escribió cuando su equipo ya perdía 2-0.
Florentino, la rueda de prensa y el periódico equivocado
Dos días después, más de una década desde su última comparecencia, Florentino Pérez reapareció ante los medios. Un discurso desordenado, por momentos incoherente, que no aclaró nada y, a la vez, lo explicó todo. Al menos, identificó el problema del Madrid y actuó: el diario ABC. Canceló su suscripción.
Barcelona ya era campeón. La copa se entregó de forma casi milagrosa la misma noche en que se ganó y recorrió la ciudad en el autobús. En la parte de arriba viajaba también la Supercopa. No la Champions, la que más deseaban. Tampoco el Madrid pudo alzarla, aunque sus mejores noches siguieron reservadas para esa competición. No bastó. Villarreal y Athletic se quedaron en la fase de liga, con un matiz: San Mamés fue el único estadio donde el campeón PSG no logró marcar.
Atlético de Madrid, que había eliminado al Barça de las dos copas y hacía tiempo se había despedido de la Liga, fue el que más cerca estuvo de Europa grande. Pero se quedó sin nada. Arsenal lo echó de su primera semifinal continental en diez años y, en la primera final de Copa del Rey en trece, apareció Rino Matarazzo. Real Sociedad ganó en los penaltis: el portero suplente detuvo el lanzamiento definitivo y plantó un beso en la mejilla de un antiguo recogepelotas que, acto seguido, marcó el penalti ganador. Álvaro Odriozola, que ni siquiera jugó la final, aseguró que no lo cambiaría “por nada en la humanidad”.
El año que viene, Barcelona, Madrid, Atlético y Villarreal –tercero en la tabla– volverán a intentarlo, junto a un Betis que se quedó con la nueva quinta plaza de Champions. Por detrás, el campeón copero Real Sociedad irá a Europa acompañado por Celta Vigo y Getafe. Su entrenador, Pepe Bordalás, proclamó que esta clasificación “entraría en la historia del fútbol”. Quizá exageraba, pero el contexto le da margen: el Getafe inició la temporada con 13 jugadores del primer equipo, dos de ellos porteros. Al llegar al ecuador, en descenso, la situación era tan desesperada que Allan Nyom terminó jugando de delantero. “No se lo desearía a nadie”, dijo Bordalás, un técnico que ha hecho pasar por cosas bastante duras a bastante gente. Y, sin embargo, al final, tras incorporar en enero a cuatro cedidos casi anónimos, terminaron séptimos. A su manera. Segundo equipo con menos goles, menos posesión, menos disparos y más faltas.
Un descenso cruel y una Liga sin red
En medio de la invasión de campo para celebrar la salvación del Getafe en la última jornada, se distinguían una docena de camisetas rojas. Eran los jugadores de Osasuna, que aún no sabían si seguían vivos. Permanecían sobre el césped, rodeados de móviles, radios y tabletas, esperando los finales en otros estadios. El capitán definió esos minutos como “agonizantes, la peor sensación que he tenido nunca”. Al final, la noticia llegó: estaban a salvo. Saltaron con los aficionados del Getafe y con Nyom, que aseguró que quería comprobar que Osasuna se quedaba en Primera antes de meterse en el vestuario. “Ha sido… raro”, admitió su entrenador, Alesio Lisci. Lo había sido. Un mes antes ya habían celebrado la permanencia con un gol en el minuto 99 ante el Sevilla. No esperaban tener que salvarse otra vez, esta vez gracias a otros, no a sí mismos.
La temporada fue así. Arriba, sin demasiados giros: los mismos cinco o seis equipos todo el año. Abajo, una locura. Caídas súbitas, resurrecciones bíblicas. Solo el Real Oviedo, de vuelta a Primera 24 años después, se hundió pronto. Ni espacio para el romanticismo ni para el drama sostenido. Santi Cazorla, que se había unido al club con ocho años y regresó con 38 cobrando el salario mínimo, por fin debutó con Oviedo en la máxima categoría. El equipo marcó nueve goles en casa en todo el curso y tuvo más entrenadores (tres) que victorias fuera (dos).
El resto fue una batalla salvaje por evitar los otros dos puestos de descenso. Una lucha masiva, cara, que se alargó hasta el último segundo. En una Liga donde equipos buenos se volvían malos de la noche a la mañana y los malos parecían de repente brillantes, Europa y el abismo estuvieron separados por un hilo durante meses. Nueve clubes llegaron a la penúltima jornada peleando por no caer en las dos últimas plazas. Espanyol, Sevilla, Alavés y Valencia respiraron entonces. Cinco siguieron al borde en la última fecha, con destinos cruzados.
En Montilivi, Elche y Girona se jugaron la vida frente a frente. Todo o nada. Un disparo tardío de Thomas Lemar al larguero fue la diferencia entre que Girona se mantuviera o se desplomara. Cuatro puntos en las últimas ocho jornadas condenaron al equipo que dos años antes peleó por el título y la temporada pasada jugó Champions. Descendió con 41 puntos, una cifra que habría bastado para salvarse en cualquier otro curso de esta década. Mallorca también se fue, último en un triple empate a 42 con Osasuna y Levante. Cayó pese a tener un delantero de 23 goles, un registro que la Liga no veía desde hacía 26 temporadas.
“Esto duele”, admitió Martín Demichelis, técnico del Mallorca. “El fútbol ha sido cruel”, lamentó Míchel Sánchez, entrenador del Girona. “Esta Liga ha sido una locura”, resumió Eder Sarabia, técnico del Elche, que sí se salvó.
Rayo, la derrota que supo a victoria
Quedaba un último capítulo. El mejor, reservado para el final. Rayo Vallecano, el club que pasó de ser “el pequeño Rayo” a “Rayo de la hostia”, el equipo fuera de lugar más glorioso del campeonato, viajó a Alemania para disputar su primera final europea, en la Conference League. No pudo traer el trofeo de vuelta. Y, sin embargo, todo encajó con la lógica torcida del Rayo. Lo que ocurrió en la grada de Leipzig explicó mejor que cualquier copa lo que es este club. Una pancarta se extendió tras el pitido final: “No he conocido mayor victoria que estar con vosotros en la derrota”.
Quizá solo ganar una de estas…
Los premios de una Liga demente
Presidente más encantador Raúl Martín Presa, de Rayo Vallecano, llamando a sus propios aficionados “borrachos, descerebrados y vagos”.
Propietario más optimista “Que nadie me hable de evitar el descenso; habladme de puestos europeos”, dijo Jesús Martínez en la jornada ocho, justo después de destituir al entrenador que había logrado el ascenso y mantenía al equipo a salvo. Dos días después, Oviedo entró en descenso. Nunca salió.
Mejor ambiente San Mamés, cómo no. La sorpresa fue que Athletic no jugaba. Lo hacían Euskadi y Palestina.
Mejor “tifo” casero Por fin sirvió de algo almacenar papel higiénico en pandemia. La afición del Atlético recibió al equipo con una lluvia de rollos que convirtió el Metropolitano en el Monumental. Días después, Sevilla copió la idea. ¿Respuesta de Uefa y La Liga? Multa.
Mejor karaoke postpartido Rayo, a pleno pulmón con “La vida pirata”, junto a los jugadores del CD Yuncos, a los que acababan de eliminar.
La fiesta más grande… y la peor resaca Ganas la Copa del Rey por cuarta vez en tu historia. El partido empieza a las 22.00, se va a la prórroga y a los penaltis, y no abandonas el estadio hasta las 2.00. El disco del hotel arranca a las 2.39, los taxis te llevan a un club a las 4.45, subes a un autobús hacia el aeropuerto a las 10.15 sin haber dormido y abres el duty free en pleno vuelo de regreso. El más animado del grupo grita: “Es el mejor día de mi vida y nos vamos a pegar una fiesta de la hostia”. Y lo hacéis. Ese día, el siguiente y el otro, dando vueltas a la ciudad desde el bus, bebiendo cerveza y pillando insolaciones, con cientos de miles de personas en la calle. Al día siguiente, aún medio en coma, te toca preparar un partido que solo quieres pasar como sea. Y alguien dice: chicos, es contra el Getafe.
Aficionado más nostálgico Lionel Messi, entrando en silencio al Camp Nou, solo, una noche fría de noviembre.
Aficionado más inesperado Ese “espera, ¿qué?” que dejó a más de uno mirando dos veces a la grada.
Aficionado con peor suerte Al final del 3-0 del Betis ante el Mallorca, un hincha verdiblanco se lanzó desde la grada para conseguir la camiseta de Cédric Bakambu. Calculó mal, cayó al pie del delantero. Llamar la atención, la llamó. La camiseta no la consiguió: Bakambu se quedó mirándolo, desconcertado. Cuánto habría agradecido ese aficionado un Sergio Herrera, el portero de Osasuna que, tras ganar en Palma, recogió toda la ropa del equipo y la llevó a mano a la grada, sin tropiezos ni huesos rotos.
Aficionado más travieso El partido de Oviedo en Mestalla se aplazó 24 horas por un diluvio. Muchos seguidores se quedaron atrapados en Valencia y perdieron el viaje de vuelta, así que el club los subió al chárter del equipo. Un gesto precioso. Hasta que una madre en Asturias vio la foto en redes. “Oye, Real Oviedo, decidle a mi hijo que hablaré con él cuando llegue a casa”. Se suponía que estaba en casa de la abuela.
Aficionados mejor arreglados Cuando el delantero del Celta, Borja Iglesias, recibió insultos homófobos por pintarse las uñas, la respuesta fue inmediata: compañeros y aficionados se pintaron las suyas, con colores y diseños de todo tipo.
Titular más directo “Zaragoza se va a la mierda”, publicó El Periódico de Aragón. Y, por desgracia, no iba desencaminado.
Once ideal Ese. El que se armó con Joan García bajo palos, Llorente, Lejeune, Affengruber, Romero, Fermín López, Luis Milla, Pablo Fornals, Lamine Yamal, Vedat Muriqi y Alberto Moleiro. Y un banquillo interminable de historias y matices.
Mejor venganza Te espero a que seas más viejo que yo. Inter de Valdemoro, equipo de novena categoría, se encontró con el Getafe en Copa del Rey. Perdían 8-0 a media hora del final. Getafe mandó al campo a Borja Mayoral, que por fin tuvo la ocasión de ajustar cuentas con su hermano Kity, en el centro del campo rival. Mayoral marcó dos más en el 11-0. Hablando de nombres…
Mejor nombre El portero de Valdemoro aquella noche. Ocupadísimo.
Rival más duro Robert Navarro, frenado por un placaje de papel de aluminio.
Mejor expulsión Jorge Pascual, del Granada, por llamar al asistente “cara de bigote de mierda” y, según el acta, “señalar su labio superior para simular dicho bigote”. Por si el árbitro no había captado el mensaje.
Mejor puntualidad Ese rayo de sol que se coló justo a tiempo.
Equipo con más estilo Sevilla, luciendo la elegancia heredada. “No tienes zapatillas, te faltan las prendas que necesitas, y alguien de tu familia te dice: ‘¿Quieres los pantalones de tu abuelo?’”, explicó el técnico Matías Almeyda. “‘Sí, por favor, me vienen bien’. ‘¿Quieres la camiseta de tu primo?’ ‘Claro, dámela’”.
Camiseta más codiciada La tiene Madonna.
Camiseta más olorosa La de Real Betis, de “rasca y huele”. Hecha de naranjas y con olor a naranja. Al menos antes del partido.
Portero más útil Dani Cárdenas, que detuvo un penalti a Kike García y, de paso, salvó las redes de Vallecas.
Mejor compañero Hugo Hard, héroe total sin una queja desde el banquillo. “Si ya no soy titular”, dijo, “es porque [Umar] Sadiq está jugando como Pelé”.
Jugador más modesto Cuando el Barça presentó la visita del Mallorca como un duelo entre Robert Lewandowski y Vedat Muriqi, el kosovar respondió: “Hay pocos delanteros que compitan con Lewy… y yo no soy uno de ellos. Gracias, eso sí”.
Mejor disculpa Cucho Hernández, delantero del Betis, marcó ante el Levante y pidió perdón a su “exequipo”. El gesto habría sido precioso si alguna vez hubiera jugado allí. Lo hizo en Huesca, que viste los mismos colores.
Banquillos en llamas, técnicos de culto
Entrenador del año. La etiqueta se peleó en muchos banquillos. Luis Castro se cayó al suelo en su debut, resbalando al devolver un balón, pero no volvió a hacerlo. En vez de eso, dirigió un pequeño milagro en Levante. El presidente de la Real Sociedad, Jokin Aperribay, preguntó a ChatGPT si Rino Matarazzo era buen entrenador para el club y la respuesta fue “no”. Cuatro meses después, levantaban una Copa del Rey histórica.
“Dicen que saco resultados de casi nada, que siempre encuentro la forma de sumar puntos, pero esto es como un lápiz: lo afilas y lo afilas, y al final ya no queda lápiz”, advirtió Bordalás. Con un simple trozo y la goma, devolvió al Getafe a Europa. El día que presentó a Luis García, el director deportivo del Sevilla se quejó: “Esto parece un funeral”. En seis semanas, el técnico resucitó al equipo. “Algunos tienen bazucas y tanques, y nosotros estamos ahí con una catapulta”, resumió Eder Sarabia. Elche se salvó y lo hizo jugando bien. Y ahí estuvieron también Claudio Giráldez, Manuel Pellegrini, y Hansi Flick, campeón otra vez.
Pero el premio se lo lleva Iñigo Pérez, rumbo a Villarreal, que condujo al Rayo Vallecano a su mejor clasificación histórica y a su primera final europea, soportando problemas encadenados: sin campo donde jugar, sin lugar donde entrenar, sin agua caliente para ducharse. Lo hizo con una dignidad poco habitual. “Es más fácil llegar al éxito a través del amor”, dijo. Y así fue.
El año de Lamine Yamal
Jugador de la temporada. El debate fue real. Carlos Espí, delantero del Levante, firmó 10 goles en los últimos 14 partidos, los únicos que arrancó como titular. Ese dato engrandece lo que hizo… y, a la vez, debilita su candidatura. Sus aficionados llegaron a pedir el Balón de Oro para él. Vedat Muriqi respondió girando el dedo junto a la sien: “Están locos”. Un punto más, y Muriqi habría sumado este reconocimiento a la permanencia.
Joan García dejó la parada del año en un derbi contra el Espanyol. Lamine Yamal, al verlo, solo pudo exclamar: “Madre de Dios bendito, qué portero”. Pero todo conduce al mismo sitio.
El mejor fue Lamine Yamal.
“Me gustaría ser todo lo que la gente quiere que sea”, confesó. Dijo mucho con esa frase. Sobre el peso, la expectativa, la exigencia. También sobre su ambición. Con 24 goles y 11 asistencias en todas las competiciones, fue más determinante que nadie. Especialmente en el tramo final, cuando lideró la escapada del Barcelona hacia la línea de meta.
Empezó con un gol de niño que se sabía llamado a algo grande. Terminó sosteniendo una bandera, un título y una Liga que ya tiene dueño… y nuevo rey. La pregunta es cuánto tiempo durará su reinado y quién se atreverá a discutirle el trono.
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