Messi y la remontada épica de Argentina contra Egipto
Durante 80 minutos, Egipto tuvo a Argentina contra las cuerdas. Silenció a medio planeta, se puso 2-0 arriba y hasta vio a Lionel Messi fallar un penalti. Parecía escrito: noche negra, despedida amarga, el campeón tambaleando ante un muro ordenado y orgulloso.
Y entonces apareció el capitán.
Del abismo al delirio
El partido se inclinó pronto hacia el lado egipcio. Yasser abrió el marcador, helando a la hinchada albiceleste. Argentina, espesa, lenta, sin líneas de pase claras, chocaba una y otra vez. Para colmo, llegó la gran oportunidad: penalti para la selección de Lionel Scaloni. Messi frente al arco. Un guion conocido.
Esta vez, lo falló.
El error del número 10 fue un mazazo emocional. Egipto olió la sangre y castigó: Zico firmó el 2-0 y el campeón del mundo se encontró mirando al vacío. El reloj corría, las piernas pesaban y la eliminación empezaba a tomar forma.
Pero el fútbol, cuando se cruza con Messi, rara vez se atiene a la lógica.
Trece minutos para la leyenda
Con el 0-2 y el tiempo en contra, Argentina adelantó líneas y se volcó. Ya no había red de seguridad, solo orgullo. La presión, al fin, encontró una grieta.
Messi, que había cargado sobre sus hombros el peso del penalti fallado, tomó el balón, bajó a recibir, aceleró el juego. Desde sus botas nació el 2-1: asistencia precisa para que Romero recortara distancias y encendiera la remontada. El campeón volvía a respirar.
El gol cambió todo. Egipto, que hasta entonces se sentía dueño de la noche, empezó a replegarse con miedo. Argentina olió el pánico. El balón volvió una y otra vez al mismo lugar: los pies del número 10.
Y allí llegó el empate. Messi apareció en el área, atacó el espacio justo, definió y firmó el 2-2. Su gol número 21 en una Copa del Mundo. Una cifra que ya roza lo mítico. La grada explotó. El capitán no celebró con euforia desatada: más bien con rabia, con alivio, con la mezcla brutal de quien sabe que aún no ha terminado el trabajo.
El vendaval no se detuvo.
Lautaro, Fernández y un final de infarto
Egipto se aferró al 2-2 como pudo, pero la selección de Scaloni ya jugaba con una inercia imposible de frenar. Cada balón dividido caía del lado argentino, cada rechazo encontraba una camiseta celeste y blanca. El área africana se convirtió en una zona de asedio.
En el minuto 92, la remontada se completó. Centro de Lautaro Martínez desde la banda, tenso, venenoso, y aparición de Fernández para sellar el 3-2. Gol agónico, definitivo, que desató la locura en el banquillo y en la grada. Trece minutos para pasar del 0-2 al 3-2. Trece minutos para escribir un partido que ya entra en la categoría de legendario.
Messi, al final, entre lágrimas y ovaciones. El mismo jugador que había fallado un penalti y cargaba con la mirada del mundo entero terminó dejando una asistencia, un gol y una actuación que trasciende la estadística. Una noche en la que volvió a sostener a un campeón tambaleante.
Polémica egipcia y acusaciones graves
Mientras Argentina celebraba, en el lado egipcio hervía la indignación. La selección africana terminó furiosa con el arbitraje. El seleccionador llegó incluso a elevar una denuncia por racismo, una acusación de enorme gravedad que añade un capítulo oscuro a una noche ya cargada de emociones extremas.
Egipto se marcha con la sensación de haber tenido al campeón contra la lona y de haber sido castigado sin piedad en el tramo final. Argentina, en cambio, se lleva una de esas victorias que marcan un torneo.
Suiza espera, Colombia cae
El premio a la epopeya es un billete a cuartos de final. Allí aguarda Suiza, que dejó fuera a Colombia en una tanda de penaltis resuelta 4-3. Un cruce duro, incómodo, ante un equipo que sabe sufrir y que rara vez regala espacios.
Argentina llega a esa cita con dudas defensivas, con el susto todavía en el cuerpo, pero con algo que ningún rival puede ignorar: mientras Messi siga en el campo, ningún 0-2 es definitivo.
La pregunta ya no es solo hasta dónde puede llegar este equipo. La verdadera incógnita es cuántas noches como esta le quedan todavía al número 10 en una Copa del Mundo. Y cuántas defensas más están dispuestas a comprobarlo.
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