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El Mundial en punto muerto: Messi, Mbappé y la final

El Mundial entra en esas horas extrañas en las que un país sigue de luto, otro contiene la respiración y el resto del planeta ya mira de reojo a sus clubes. Inglaterra aún se mira al espejo, España y Argentina afinan los últimos detalles antes de la final, y en los despachos de Zúrich, Gianni Infantino se prepara para otro mandato como si nada pudiera alterarle el peinado.

Entre todo ese ruido, la pelota sigue mandando.

Messi, Mbappé y el peso de los goles

La lucha por la Bota de Oro llega a la final con un empate de superestrellas: Kylian Mbappé y Lionel Messi igualados en goles. El argentino, sin embargo, figura por delante en la tabla gracias a una asistencia más. El debate ya está servido: ¿deberían valer más los goles de una final que los de un partido por el tercer puesto?

La estadística no distingue escenarios. La historia, sí. Lo que ocurra el domingo decidirá tanto el título como el botín individual, con la incómoda sensación de que un tanto en un encuentro que muchos consideran casi de exhibición pueda pesar igual que uno marcado con una copa en juego.

Rodri, un Mundial para reivindicarse

En medio de la vorágine de nombres propios, uno ha brillado con una serenidad casi provocadora: Rodri. Su Mundial ha sido una reivindicación silenciosa. Volvía de una rotura de ligamento cruzado, con la duda instalada en cada giro, en cada aceleración. Le ha costado confiar de nuevo en su cuerpo, pero en esta Copa del Mundo ha jugado como si nunca se hubiera roto.

Ha dominado ritmos, ha protegido a los centrales, ha dado continuidad a cada ataque. Ha sido el metrónomo y el seguro de vida. Y entre líneas se desliza una sospecha: puede que haya disputado su último partido con Manchester City. Nada está decidido, pero su rendimiento ha sido un escaparate de lujo para cualquier club dispuesto a tentar al corazón de uno de los mejores mediocentros del planeta.

Infantino, blindado por el poder

Mientras las selecciones se desgastan en el césped, en la política del fútbol casi no hay desgaste. Gianni Infantino cuenta ya con el respaldo formal de más de 200 federaciones para ser reelegido presidente de la FIFA en el congreso de marzo. De 211 asociaciones, solo un puñado no ha enviado aún su carta de apoyo. Entre las ausentes, algunas europeas de peso, con Alemania como nombre más sonoro.

El contexto no podría ser más incómodo: el organismo aún navega entre turbulencias tras el escándalo por la polémica absolución de sanción a Folarin Balogun. La frase que dejó escrita Mel Brennan resuena con ironía y resignación: el fútbol sobrevivió a Sepp Blatter, a Jack Warner, a Chuck Blazer. Y, sostiene, también sobrevivirá a Infantino.

Inglaterra, Tuchel y el arte de cambiar tarde

En Inglaterra el Mundial ya es una autopsia interminable. Thomas Tuchel seguirá en el cargo, pese a unas sustituciones que desconcertaron tanto a los rivales como a sus propios jugadores. Hasta la semifinal se le había elogiado por su capacidad para cambiar partidos desde el banquillo. Pero cuando los giros de guion se repiten en cada encuentro, la lectura es otra: si los suplentes siempre arreglan el problema, quizá el problema sea el once inicial.

En la era de las cinco sustituciones, el plan incluye de serie a los llamados “finishers”, esos jugadores destinados a rematar lo que otros empiezan. Pero ni siquiera ese marco justifica algunos cambios, como los realizados ante Noruega. El equipo llegó más lejos de lo que su juego sugería, y entre los cuatro semifinalistas fue, con diferencia, el menos convincente.

Queda la incómoda cita del tercer puesto. Un partido que muchos consideran irrelevante, pero que obliga a decisiones: ¿rotar y repartir minutos o apretar los dientes por una medalla de consolación? La lógica invita a dar medio tiempo a cada portero, minutos a Ollie Watkins, Ivan Toney y al joven Kobbie Mainoo. El orgullo, a intentar ganar lo que todavía queda por disputar.

España–Argentina: la final que lo eclipsa todo

Con Inglaterra ya fuera del tablero, el foco se centra donde siempre acaba: la final. España contra Argentina. Lionel Messi frente a Lamine Yamal. Un equipo muy bueno contra uno excelente, y que cada cual decida cuál es cuál.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, estará en el estadio para ver a su selección medirse a la vigente campeona. También ha confirmado su presencia Donald Trump, que aprovechará la ocasión para presentarse en un escaparate global y reivindicar la capacidad de Estados Unidos para organizar un torneo de estas dimensiones. Dos líderes con visiones opuestas del mundo, coincidiendo en la misma grada para ver quién levanta el trofeo.

En el césped, Argentina llega con una columna vertebral reconocible y un héroe silencioso: Cristian Romero. Como casi todos en la Albiceleste, se transforma cuando se enfunda la camiseta blanca y celeste. Al lado de Lisandro Martínez, asume el papel de hombre duro, la última muralla antes de Emiliano Martínez. Salvo el propio Messi y el portero de Aston Villa, pocos han sido tan regulares como él en el camino hacia la tercera final en cuatro Mundiales.

Política, símbolos y un viejo conflicto

Ni siquiera una final del mundo escapa a la política. Keir Starmer, primer ministro británico, respalda que la FIFA investigue a los jugadores argentinos que exhibieron una pancarta sobre la reivindicación de las Islas Malvinas tras la semifinal ante Inglaterra. El gesto, celebrado por parte de la hinchada albiceleste, ha reabierto una herida diplomática que nunca terminó de cerrarse.

La FIFA, siempre rápida para sancionar medias bajadas o mensajes comerciales, tendrá que decidir ahora cómo actúa ante un símbolo cargado de historia y conflicto.

Mourinho, Alexander-Arnold y el nuevo Madrid

Lejos del Mundial, el club fútbol vuelve a asomar. En Madrid, un viejo conocido regresa al centro del escenario: José Mourinho. El técnico portugués ha iniciado su segunda etapa al frente de Real Madrid tras una temporada decepcionante, sin título de LaLiga y con eliminación en cuartos de final de la Champions League.

Trent Alexander-Arnold, que llegó desde Liverpool la pasada campaña y vivió un año marcado por las lesiones y la irregularidad, se ha reencontrado con un contexto ideal para relanzarse. La salida de Dani Carvajal en mayo le abre la puerta para asentarse como lateral derecho titular. El inglés describe el trabajo con Mourinho como intenso, con principios claros y un nivel de exigencia altísimo, y asegura que el vestuario está dispuesto a aprender, mejorar y pelear por trofeos esta temporada. Después de tanto tiempo fuera, dice sentirse al fin en condiciones de construir una base sólida para un curso exitoso.

La televisión, el circo y un adiós peculiar

En Estados Unidos, la cobertura del Mundial por parte de Fox entra en su recta final y se marcha dejando un reparto difícil de olvidar. Geoff Shreeves, convertido en una especie de Oliver Twist de mediana edad buscando la aprobación de sus jefes; Tom Rinaldi, con sus relatos “líricos” sobre balones, planetas y estrellas; el excéntrico Chef Nick, que empezó proponiendo delicias imposibles como perritos de canguro o fufu de pollo tikka masala antes de chocar con la sobriedad gastronómica de las últimas rondas; y Jameis Winston, el corresponsal aficionado, cuyos reportes desde la grada parecían más un experimento eléctrico que una crónica de partido.

Un espectáculo paralelo al torneo, que también se despide.

Entre el humo, el césped y el vacío que viene

Mientras tanto, la vida alrededor del Mundial sigue. Hay quien escribe desde un jardín por fin libre del humo de los incendios, celebrando algo tan simple como respirar aire limpio mientras la pelota rueda. Hay aficionados que ya sienten vértigo ante el silencio que llegará cuando no haya que trasnochar ni madrugar para ver partidos. Algunos se consuelan pensando en la Libertadores, en la liga brasileña, en la MLS. El fútbol siempre ofrece otra puerta de entrada.

En Europa, hasta una eliminatoria menor puede incendiar una noche: en Malta, el NSÍ Runavík feroés eliminó al Hamrun Spartans con un penalti en el minuto 94 tan polémico que tuvo que intervenir la policía y voló una tarjeta roja en pleno caos.

El juego nunca se detiene del todo. Ni siquiera cuando Pitbull suena sin descanso y alguien, en algún rincón, recupera una vieja crónica de 1966 que soñaba con una Argentina ofensiva camino de enfrentarse a Alemania en Villa Park.

Ahora, casi seis décadas después, la Albiceleste vuelve a mirar una final con Messi al frente, España quiere cerrar un ciclo con una generación nueva y el mundo se pregunta cuánto tiempo más podrá vivir sin este hábito de acostarse tarde y levantarse temprano por 90 minutos de fútbol. La respuesta llegará pronto, cuando el árbitro señale el círculo central y el último Mundial de esta era quede, de golpe, atrás.