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El trofeo que esperó 22 años: la historia detrás de la Premier League

El momento llegó en Selhurst Park y se sintió como el cierre de un círculo. Martin Odegaard levantó el trofeo hacia el cielo del sur de Londres, rodeado por un mar de camisetas, teléfonos móviles y miradas incrédulas. Veintidós años después, el título de la Premier League volvía a sus manos. Días más tarde, la copa avanzaba lentamente sobre un autobús descubierto, escoltada por miles de aficionados en un desfile que ya forma parte de la memoria colectiva del club.

Ahora descansa en la vitrina, bajo luces frías y cristales impecables. Pero detrás de ese brillo hay una pieza de ingeniería, tradición y simbolismo mucho más pesada de lo que parece.

Un peso que se siente en los brazos

Cada jugador que posó con el trofeo no solo levantó un sueño de décadas. También sostuvo 9,5 kilos de metal, el equivalente a unas 1,4 stone en la escala británica. No es un detalle menor: en las fotos se aprecia el gesto, el pequeño esfuerzo en los antebrazos, el agarre firme, el instante en el que la adrenalina hace olvidar el peso.

Cuando se suma la base grabada, la cifra se dispara: 25,4 kilos, alrededor de 4 stone. Es entonces cuando el trofeo deja de ser solo un objeto para convertirse en una especie de tótem, un bloque macizo que exige respeto incluso al más preparado de los profesionales.

Una corona que domina el podio

En directo, sobre el césped o en la tarima de campeones, el trofeo impone. Desde la base grabada hasta la punta de la corona mide 104 centímetros, unos 3 pies y 5 pulgadas. Es una presencia que domina cualquier sala, cualquier vestuario, cualquier balcón de estadio.

De lado a lado, el ancho alcanza los 61 centímetros, aproximadamente 2 pies. No es una copa discreta ni pretende serlo. Está diseñada para ser el centro de todas las miradas, para aparecer en cada plano televisivo, para quedar clavada en la retina de quienes la ven a unos metros de distancia por primera vez.

Y hay un detalle que muchos pasan por alto: no existe una sola. Hay dos trofeos de Premier League, idénticos, ambos con los nombres de los campeones rodeando la parte baja de la base. Dos copas gemelas que garantizan que la imagen del campeón nunca falte allí donde la liga necesita mostrar su símbolo más poderoso.

Piedra africana, plata inglesa, un relato global

La historia del trofeo también se cuenta a través de sus materiales. La base, donde se alinean los campeones desde 1993 hasta la inscripción del nuevo monarca en la temporada 2025/26, está hecha de malaquita, una piedra semipreciosa de origen africano. Su tono verde, inconfundible, representa el terreno de juego, ese rectángulo donde se decide todo.

Sobre esa base se alza el cuerpo principal, fundido en plata de ley maciza por Asprey London, los históricos joyeros de la Corona. La corona que remata la pieza está realizada en plata dorada de 24 quilates, un guiño directo a la realeza y a la tradición británica.

El concepto que sostiene el diseño tiene nombre propio: “The Three Lions of English Football”. Dos leones dorados flanquean el trofeo, uno a cada lado. El tercero aparece en el momento clave: cuando el capitán coloca las manos sobre las asas y la levanta al cielo. En ese segundo, él se convierte en el “tercer león”, la figura que completa el emblema del fútbol inglés.

Un préstamo de lujo

Ganar la Premier League no significa quedarse con el trofeo para siempre. El club campeón mantiene una de las dos copas en su poder durante la temporada, mientras la otra sigue a disposición de la propia competición para actos oficiales, exhibiciones y compromisos institucionales.

La posesión, sin embargo, tiene fecha de caducidad. El campeón está obligado a devolver su trofeo a la Premier League al menos tres semanas antes del último partido de la siguiente campaña. A partir de ahí, la historia se reescribe de nuevo.

Hasta entonces, cada visita a la sala de trofeos tiene un significado especial. No es solo una copa de plata y malaquita. Es el recordatorio físico de un año perfecto, de un título que tardó 22 temporadas en regresar y que ahora, por fin, lleva grabado el nombre del campeón donde siempre quiso estar: en la base de la historia.