Declan Rice: El fenómeno que enfrenta el desgaste en el Mundial
Aaron Cresswell no duda cuando le preguntan por Declan Rice. “Es un fenómeno de la naturaleza”, dice el ex lateral del West Ham. Y los números le dan la razón: desde el inicio de la temporada 2020‑21, Rice ha jugado 360 partidos. Un calendario salvaje incluso para un centrocampista que parece diseñado para resistirlo todo.
West Ham, Inglaterra, Arsenal. Europa League, Conference, Premier League, Champions League, Mundial. Rice ha sido el hilo conductor de todos esos esfuerzos, el hombre al que nadie se atreve a dar descanso. Hasta ahora.
Un motor agotado en el momento menos oportuno
En su 63º partido del curso 2025‑26, en el 4‑2 caótico de Inglaterra ante Croacia en el debut mundialista del miércoles, Rice ya no fue ese metrónomo infalible. Se le vio cansado, pesado, un punto tarde en casi todo. El dibujo tampoco le ayudó.
La pareja con Elliot Anderson se deshilachó desde el inicio. Demasiado espacio entre ambos, demasiados metros que cubrir. Rice se hundía en exceso, casi sobre la línea de centrales, y Luka Modric le arrastraba fuera de zona con la naturalidad de quien lleva una década dominando partidos de este tipo. Inglaterra sufrió. Mucho.
Thomas Tuchel confía en ajustar ese rompecabezas antes del duelo del martes ante Ghana. Pero el verdadero susto llegó en el minuto 72, con Inglaterra defendiendo un 3‑2 frágil, cuando el técnico decidió retirar a su vicecapitán. Con un jugador tan dominante en la recuperación, ese tipo de cambio, en ese contexto, casi no se ve. Y disparó todas las alarmas.
Tuchel explicó después que Rice sentía molestias en la parte baja de la espalda y en el isquiotibial alto. Sustitución “por precaución”, matizó. El propio futbolista se apresuró a asegurar que estará disponible contra Ghana. Inglaterra, sin embargo, camina sobre hielo fino.
Inglaterra sin Rice: un vacío difícil de llenar
La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿qué pasa si la molestia va a más? El centro del campo ya se resintió con Rice lejos de su mejor nivel. Tuchel fue suave en su diagnóstico: “Declan tuvo pérdidas de balón poco habituales”. La realidad fue más cruda. Sin su ancla, Inglaterra se desordenó.
El problema es que no hay un recambio calcado en la convocatoria. Kobbie Mainoo deslumbra con balón, pero aún no tiene el físico, la jerarquía ni el impacto a balón parado de Rice. Jordan Henderson aporta experiencia, pero a sus 36 años Tuchel ni siquiera recurrió a él cuando el partido ante Croacia pedía ritmo alto y piernas frescas. Las soluciones fáciles no existen.
Cuando Rice se marchó, el primer movimiento del seleccionador fue retrasar a Jude Bellingham. Sobre el papel, una idea lógica. Sobre el césped, un riesgo. Inglaterra perdió presencia arriba y casi encaja el empate. El experimento duró ocho minutos. Suficientes para que Tuchel entendiera que por ahí no iba el camino.
El giro llegó con la entrada de Djed Spence por Bellingham, lo que permitió liberar a Reece James del lateral derecho y ubicarlo por dentro, en una posición que ya conoce bien en el Chelsea.
Reece James, la carta inesperada para el ‘6’
James no es un improvisado en la sala de máquinas. Jugó en el centro del campo cedido en el Wigan en la temporada 2018‑19. Desde entonces, casi toda su carrera ha transcurrido como lateral o carrilero, pero bajo el mando de Enzo Maresca en el Chelsea vivió un cambio de rol clave en los últimos 18 meses.
Maresca lo adelantó al mediocampo, soportó dudas iniciales y terminó con una recompensa de peso: James fue decisivo en la final del Mundial de Clubes del año pasado, en la victoria ante Paris Saint‑Germain. Aquello no fue una excentricidad táctica. Fue un ensayo general.
Tuchel, que le entrenó en el Chelsea, fue uno de los primeros escépticos. Al tomar las riendas de Inglaterra dejó claro que veía a James como lateral. Con el tiempo ha matizado su visión. Ha entendido por qué Maresca insistió en su reconversión.
James es físico, agresivo en el duelo, tiene lectura de juego y un rango de pase amplio. No se esconde. Ante PSG se movió como un mediocentro natural. Frente al Barcelona, en el 3‑0 de noviembre, formó pareja con Moisés Caicedo y dominó el centro del campo. Cinco días más tarde, en Stamford Bridge, le ganó el pulso directo a Rice cuando Arsenal visitó al Chelsea.
Tuchel lo dejó claro al anunciar su lista para el Mundial y justificar las ausencias de Adam Wharton y Alex Scott: “Reece James puede jugar de 6 porque lo hace a un nivel alto en el Chelsea”. Esa frase, que sonaba casi teórica entonces, hoy pesa mucho más.
Si Rice necesita que le dosifiquen minutos, James aparece como la alternativa más fiable para ocupar el eje. No solo por calidad, también porque su presencia permitiría a Tuchel mantener un nivel físico y competitivo cercano al que ofrece el jugador del Arsenal.
Un plan B lleno de matices… y de riesgos
La versatilidad ha sido una obsesión en las elecciones del seleccionador. Si James abandona el lateral, Tuchel tiene recursos: Spence, Ezri Konsa o Jarell Quansah pueden cubrir la banda derecha. Incluso se abre la puerta a un matiz táctico interesante: un Konsa que actúe casi como tercer central junto a John Stones y Marc Guéhi, liberando a Nico O’Reilly desde el lateral izquierdo para atacar por fuera con más agresividad.
Sobre la pizarra, la estructura parece coherente. En la práctica, la gran duda vuelve a ser el físico. El de James, precisamente.
El capitán del Chelsea arrastra un historial largo de lesiones musculares, especialmente en los isquiotibiales. La última, en marzo, le dejó casi dos meses fuera. En su club le han manejado con extremo cuidado. Inglaterra no puede ignorar ese contexto.
La situación se complica aún más con la baja de Tino Livramento por una lesión en la pantorrilla, que obligó a Tuchel a llamar de urgencia a Trevoh Chalobah. La temporada ha sido demoledora para media plantilla. James es el lateral derecho titular, pero no puede jugarlo todo. Y si además debe asumir la carga de sostener el mediocampo cuando Rice sufra, el riesgo se dispara.
Un Mundial contra el reloj
Tuchel llegó al torneo con la preocupación del físico tatuada en la frente. El plan de volar pronto a Florida para un campamento previo, bajo el sol y centrado en la preparación, respondía a esa inquietud. Pero Rice se incorporó tarde tras disputar la final de la Champions con el Arsenal. Otra vez al límite. Otra vez sin pausa.
El mediocentro insiste en seguir. No sabe competir de otra forma. La cuestión es si su cuerpo aguantará. Si Inglaterra alcanza la final y Rice no descansa, cerrará la temporada con 70 partidos entre club y selección. Setenta. Una cifra que roza lo inhumano incluso para un “fenómeno de la naturaleza”.
Tuchel necesita un plan alternativo. No por gusto, sino por pura supervivencia. Porque este Mundial no solo va a medir el talento de Inglaterra, también la resistencia de su jugador más imprescindible. Y el margen de error, para todos, se está agotando.
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