Egipto logra su primera victoria en eliminación directa en el Mundial
ARLINGTON, Texas — Mohamed Salah aún no sabe si este será su último Mundial o si habrá otra vuelta más con Egipto. Pero ya tiene algo grabado para siempre: fue el capitán de la primera victoria de su país en una fase de eliminación directa de una Copa del Mundo.
Egipto sobrevivió a un partido tenso, a un gol en propia puerta cruel y a 120 minutos de nervios para tumbar a Australia en los penaltis (4-2) tras el 1-1 en el tiempo reglamentario. El héroe inesperado fue Hossam Abdelmaguid, un defensa de 25 años sin goles internacionales en 15 apariciones, que convirtió el lanzamiento definitivo en un estadio repleto y teñido de rojo egipcio.
El día que Egipto rompió su techo
Hasta hace menos de dos semanas, Egipto ni siquiera sabía lo que era ganar un partido de Mundial. Lo logró ante New Zealand en la fase de grupos. Hoy, en su cuarta participación y en la primera Copa del Mundo ampliada a 48 selecciones, dio un salto histórico: estreno y triunfo en la fase de eliminación.
El escenario no era menor: 70.244 espectadores en el hogar de Dallas Cowboys, lleno absoluto y con una fuerte presencia egipcia en las gradas. Cada ataque de los Faraones levantaba un murmullo; cada intervención de Mostafa Shoubir, un suspiro colectivo. El ambiente de partido grande estaba servido.
En el campo, Salah, 34 años, exestrella de Liverpool y a solo un gol del récord histórico de Hossam Hassan con la selección (69 tantos), lo jugó absolutamente todo: 90 minutos, prórroga y tanda de penaltis, pese a la lesión muscular sufrida en el cierre de la fase de grupos. No se reservó nada.
“Hoy es increíble”, dijo después el capitán, todavía con la adrenalina en la voz. “Siempre me gusta ver a los chicos felices y disfrutando el momento. Nada se puede comparar con eso. Hoy fue uno de los mejores días de mi vida”.
Gol tempranero y giro cruel
El plan de Egipto pareció perfecto desde el inicio. Orden, intensidad y pegada. El premio llegó muy pronto.
En el minuto 13, Emam Ashour se adelantó a todos en el área y conectó un cabezazo preciso, cruzado, que superó a Patrick Beach en el primer palo. Gol clásico de Mundial: centro con veneno, carrera al espacio y un remate que viaja como un susurro imposible para el guardameta. 1-0 y explosión en las gradas.
Egipto pudo sentenciar nada más arrancar la segunda parte. Omar Marmoush se quedó con una ocasión clarísima, mano a mano con tiempo y espacio para elegir. Disparó desviado. El tipo de ocasión que los Mundiales no perdonan.
Y no lo perdonaron.
En el 55, el mismo sector del campo que había visto a Egipto celebrar se convirtió en una pesadilla para Mohamed Hany. Aiden O’Neill colgó una falta desde la izquierda del área, Hany saltó para despejar… y acabó cabeceando el balón a su propia portería. Shoubir quedó vendido. Gol en propia puerta, 1-1 y un registro amargo para el defensa: el primer jugador en la historia de la Copa del Mundo en marcar dos autogoles en una misma edición, después del que ya había sufrido ante Belgium en la fase de grupos.
El golpe fue doble. Menos de diez minutos antes, Hany había quedado tendido cerca de esa misma zona tras un choque aéreo con Connor Metcalfe. Entró la camilla, se temió lo peor, pero el lateral se levantó tras un aparente chequeo por posible conmoción y siguió jugando. El fútbol, implacable, le devolvió la jugada donde más duele.
Australia, siempre al borde y siempre fuera
Australia volvió a encontrarse con su techo de cristal en los cruces mundialistas. Tres veces ha alcanzado las rondas de eliminación. Tres veces se ha ido a casa.
En 2006, un penalti en el descuento ante Italy (0-1). En 2022, un 2-1 ante Argentina con otro gol en propia puerta como única anotación australiana. Hoy, en Arlington, la historia se repitió con un guion igual de cruel: su único tanto llegó de nuevo por un autogol rival.
“Duele cuando te quedas tan cerca”, reconoció el seleccionador Tony Popovic. “Desafortunadamente, nos vamos en una tanda de penaltis. Es difícil de aceptar ahora mismo”.
Australia tuvo fases de dominio, pero no halló claridad frente al arco. Shoubir respondió cuando fue exigido y la zaga egipcia, pese al error de Hany, se sostuvo en los momentos calientes. En el tramo final del tiempo reglamentario, Rabia obligó a Beach a una estirada espectacular con un cabezazo envenenado. Segundos después, el portero atrapó sin problemas un disparo de Salah. Egipto apretaba, pero el segundo gol no llegaba.
La última ocasión clara antes del pitido final fue para Haissem Hassan, cuyo disparo fue desviado con la rodilla por Harry Souttar, enorme en el corte. El reloj corrió sin piedad hacia la prórroga.
El cambio en la portería y la ruleta de los penaltis
La prórroga se consumió entre precauciones, piernas pesadas y miedo al error. Beach, de 22 años, seguía firme bajo palos en solo su sexto partido con la absoluta. Había dejado varias paradas de mérito, transmitía seguridad y parecía listo para la tanda.
Entonces llegó la decisión que marcó la noche australiana: Popovic llamó a Mathew Ryan, 34 años, para su aparición número 105 con los Socceroos. Cambio de guardameta a última hora, apuesta por la experiencia en la lotería de los penaltis.
No funcionó.
Ryan no detuvo ninguno de los cuatro lanzamientos egipcios. Siempre a contrapié, siempre un instante tarde. El contraste con el ímpetu de Beach, que se marchó con gesto resignado, fue inevitable.
Del otro lado, Hossam Hassan, el seleccionador, se centró en la cabeza de sus jugadores. “Cuando fui a hablar con ellos, quería quitarles presión”, explicó. “No miren la presión. Sáquenlo todo, no piensen en nada. Piensen solo en su penalti. Ni siquiera en el portero. Solo en su disparo”.
El mensaje caló.
Harry Souttar abrió la tanda con un disparo alto que se marchó por encima del larguero. El primer respiro para Egipto. Mahmoud Saber respondió con frialdad. Jackson Irvine mantuvo con vida a Australia, pero Ramy Rabia volvió a adelantar a los Faraones.
La tensión subió con el cuarto lanzamiento australiano: el joven Lucas Herrington, 18 años, golpeó con fuerza… y el balón se estrelló en el travesaño. El estadio rugió. La puerta de la historia se abrió de par en par.
Salah, que ya había anotado su penalti, observaba desde el centro del campo. Quedaba el último paso.
Abdelmaguid tomó la responsabilidad. Casi sin carrera, miró al frente y golpeó raso a la izquierda. Ryan se lanzó hacia su derecha. El balón entró limpio, como si siempre hubiera estado destinado a ese rincón. Egipto explotó.
Salah, Hassan y un país que se asoma al sueño
En el banquillo, Hossam Hassan se fundió en abrazos mientras recordaba lo que había pedido una y otra vez durante el partido. “Solo pensaba en los aficionados egipcios”, confesó. “Durante todo el tiempo y durante la tanda de penaltis, solo rezaba: ‘Dios, por favor haz feliz al pueblo egipcio’. Incluso antes de los penaltis, para ser sincero”.
En la grada, banderas, lágrimas y cánticos. En el césped, Salah sonreía como un niño. El capitán que ha cargado durante años con el peso de las expectativas de una nación se permitió, por fin, un momento de pura alegría colectiva.
Egipto, que llegó a esta Copa del Mundo sin victorias en el torneo, encadena ahora triunfos, rompe maldiciones y se instala por primera vez en unos octavos de final. El siguiente obstáculo no puede ser más grande: el martes, en Atlanta, le espera el campeón vigente Argentina o la sorprendente Cape Verde.
Para un equipo que acaba de derribar su muro histórico, la pregunta ya no es si está preparado para la ocasión. La verdadera cuestión es hasta dónde se atreverá a soñar ahora que, por fin, ha aprendido a ganar en el Mundial.
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