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Entre Messi, Diego y el futuro del Mundial

La semana final del Mundial arranca sin balón, pero con ruido. Opiniones cruzadas, nostalgias, tácticas discutibles y un futuro que amenaza con cambiar el torneo para siempre. Tres días sin partidos y, aun así, el fútbol no se calla.

La vida alrededor del Mundial

El Mundial no solo se juega en los estadios. También en los aeropuertos, en los bares medio vacíos y en los salones donde la gente ha decidido que el sofá es más barato que la barra.

Un aficionado inglés, Al Daw, decidió convertir una semifinal en un recuerdo de por vida. Llevó a su madre a ver a Inglaterra contra Panamá en New Jersey por su 70 cumpleaños, bajo la lluvia y en un MetLife que sentía “como una prisión”. No le bastó. Un par de semanas después, con cinco hijos y otro en camino, se jugó el todo por el todo: compró entradas para la semifinal antes de saber siquiera si Inglaterra se clasificaría, reservó vuelos de Manchester a Atlanta vía París y un hotel junto al estadio para ir con su hijo de ocho años.

Vio el partido “entre los dedos”, terminó afónico y ahora su hijo no puede creer que vaya a ver a Inglaterra y quizá el último partido de Lionel Messi con su selección. Eso es el Mundial: ansiedad, locura económica y la sospecha de que, si no lo haces ahora, no lo harás nunca.

A unos miles de kilómetros, en Stourbridge, la historia es muy distinta. El Shovel Inn, el pub de la ciudad donde nació Jude Bellingham, no vive el boom que se supone trae un Mundial. Su dueño, Steve Hopkins, lleva seis Copas del Mundo a sus espaldas y asegura que casi todas habían sido “fantásticas para el negocio”. Esta no.

Antes, un partido de las 20.00 significaba tener el local lleno desde las 15.00 o las 16.00. Se doblaba la caja con facilidad. Hoy, la gente llega tarde o no llega. Desde la pandemia, explica, muchos se han quedado en casa y han cambiado de hábitos. Para el Shovel Inn, una gran noche son unas 3.000 libras. Hopkins dice que, si llega a 1.000 en la semifinal, podrá darse por satisfecho. Después del torneo, deja el negocio. El Mundial como despedida, no como salvación.

Dos historias opuestas, un mismo torneo. El fútbol sigue moviendo vidas, pero ya no siempre de la forma esperada.

Portugal, un Ferrari en manos de un conductor prudente

En el terreno de juego, hay una pregunta que no deja de repetirse: ¿cómo puede un equipo con un centro del campo de doble campeón de Champions, con Bruno Fernandes por delante, jugar tan poco y tan mal? La mirada se posa inevitablemente sobre Roberto Martínez.

La lista de decisiones discutibles es larga. Dejar fuera a Bernardo Silva. Sentar a Bruno antes de tiempo. Quitarle minutos precisamente al jugador que vive de insistir, de probar, de equivocarse hasta que algo sale bien. Si se le resta un 20% de tiempo en el césped, se reduce también la probabilidad de que marque la diferencia. Y si además se le obliga a bajar a recibir casi sobre los centrales, se le aleja de la zona donde realmente duele.

Portugal tiene talento para mandar en los partidos. Lo que le falta es alguien en la banda que se atreva a conducir ese talento sin miedo a mancharse. Con esta generación, el listón es claro: todo lo que no sea competir de verdad por el título sabe a poco.

En paralelo, asoma un nombre que parecía destinado a la selección y, sin embargo, vuelve a aparecer en el club más exigente del mundo: José Mourinho. Muchos pensaban que ya estaría en un banquillo nacional, quizá precisamente en el de Portugal. No será ahora. Real Madrid ha decidido que todavía queda algo de magia que exprimir en el Bernabéu.

El reencuentro promete ruido, titulares y tensión, aunque las expectativas deportivas no sean unánimes. La duda inevitable: ¿qué habría hecho Mourinho con este Portugal que se le escapa?

Francia como vara de medir

Mientras tanto, el resto del mundo mira a Francia como el gigante a derribar. El campeón se ha convertido en el punto de referencia para medir la ambición ajena.

España parece, hoy, la selección mejor preparada para tumbar a los franceses. Rodri va recuperando la versión anterior a su lesión, esa que convierte el centro del campo en un territorio bajo su jurisdicción exclusiva. Falta, eso sí, un Lamine Yamal más cercano a su plenitud física. Sin su desequilibrio al máximo nivel, el plan pierde filo en los metros finales.

Inglaterra tiene otro tipo de arma: piernas. En teoría, puede correr más que Francia en el medio, imponer ritmo, intensidad, volumen. El problema se esconde atrás. La sensación es que, tarde o temprano, la defensa inglesa terminaría pagando sus dudas.

Argentina se sostiene en algo más intangible: Messi y la fe que genera a su alrededor. Pero en términos puramente de centro del campo, parece corta para dominar a Francia en la zona donde se deciden los grandes partidos. El corazón compite; las piernas, quizá no tanto.

Stones, Messi y el miedo al espacio

En esa batalla, los duelos individuales también cuentan. La figura de John Stones divide opiniones. Como futbolista, pocos dudan de su calidad con el balón. Como defensor puro, la conversación cambia.

Su falta de velocidad genera inquietud frente a delanteros como Julián Álvarez o Lautaro Martínez, especialistas en atacar el espacio a la espalda. Y luego está el problema que todos quieren evitar: seguirle la pista a Messi. No se trata solo de piernas, sino de oficio, de lectura, de saber cuándo perseguir y cuándo esperar. No todos los centrales están hechos para ese tipo de examen.

En el otro costado, Inglaterra maneja alternativas de banda que también condicionan el plan. Djed Spence ofrece algo distinto como revulsivo: potencia, rupturas al espacio, un tipo de amenaza que desgasta defensas cansadas. Para un duelo de alto nivel, la apuesta lógica apunta a Reece James como lateral derecho y a Nico O’Reilly por la izquierda. El matiz: hay quien pondría por delante a Lewis Hall o Luke Shaw, si no estuvieran ya de vuelta en casa. El margen de maniobra se estrecha cuando las bajas obligan a improvisar.

Diego, Messi y la vara imposible

En medio de todo, el Mundial vuelve una y otra vez a una vieja discusión: ¿quién es el mejor de todos los tiempos? Lionel Messi tiene a su favor algo casi inalcanzable: una regularidad y una longevidad que desafían cualquier comparación. Años y años en la cima, con cifras y títulos que parecen de videojuego.

Pero hay un nombre que se niega a desaparecer de la conversación: Diego Armando Maradona. Lo que hizo en México 86 sigue marcando el techo emocional del fútbol. Durante aquel mes, y en la temporada posterior llevando al Napoli a su primer scudetto, Diego alcanzó un nivel que muchos consideran irrepetible. No se trató solo de números, sino de la sensación de que un solo jugador podía torcer la lógica de un deporte colectivo.

Para una generación entera, México 86 fue la puerta de entrada al fútbol. La imagen de Maradona arrancando desde el mediocampo, dejando rivales atrás uno tras otro, parecía entonces algo normal, parte del juego. Con el tiempo quedó claro: no lo era. Casi nadie más ha estado siquiera cerca de hacer algo similar en un escenario así. Pocas cosas han desmentido tanto la frase de que “el fútbol es un juego de equipo” como aquel número 10 celeste y blanco.

Messi ha construido una carrera casi perfecta. Maradona dejó un mes perfecto. Dos formas distintas de marcar para siempre el mismo deporte.

Un Mundial que quiere ser más grande

Mientras se juega y se discute sobre el césped, en los despachos se cocina una transformación mayúscula. Gianni Infantino empuja con fuerza hacia un Mundial de 64 selecciones. La reacción inicial de muchos es de rechazo instintivo: más partidos, más sedes, más negocio.

Sin embargo, el debate no es tan simple. Hay un argumento deportivo que gana peso: la diferencia entre la selección número 48 del ránking y la 64 no es tan grande como podría pensarse. Abrir el torneo a más equipos no tiene por qué diluir de forma dramática la calidad general. A cambio, se recuperaría un formato más limpio: solo los dos primeros de cada grupo avanzarían, sin terceros rescatados por tabla comparativa.

Ese punto no es menor. El sistema actual permite que una selección pase de ronda habiendo ganado solo al rival más débil de su grupo. Se juegan 72 partidos para eliminar a apenas 16 equipos. El resultado es un torneo largo, a veces enrevesado, en el que la sensación de “todo o nada” se diluye en la fase inicial.

Con 64 participantes, el Mundial sería más grande, pero también más claro. Más países tendrían acceso a la gran cita, especialmente fuera de Europa, donde la demanda crece y el foco ya no puede ser tan eurocéntrico. El coste, eso sí, sería enorme: clasificatorios más largos y, sobre todo, una exigencia logística brutal para el país anfitrión.

Estadios, hoteles, centros de entrenamiento, infraestructuras de transporte, medios de comunicación… No muchos países pueden sostener un evento de esa escala sin asociarse con otros. La pregunta, entonces, no es solo si queremos un Mundial con 64 selecciones, sino quién puede permitirse organizarlo sin que la fiesta se convierta en un lujo para unos pocos.

La última semana de Mundial se abre sin partidos, pero con decisiones que marcarán las próximas décadas. Entre la nostalgia por Diego, la vigencia de Messi, las dudas sobre técnicos que no exprimen a sus estrellas y un formato que se estira hasta el límite, el fútbol vuelve a poner sobre la mesa su pregunta favorita: ¿hasta dónde estamos dispuestos a cambiarlo para no dejar de mirarlo?