Mauricio Pochettino y la Selección de EE.UU. en la Gold Cup 2025
A Mauricio Pochettino se le llenaron los ojos de lágrimas. Su selección de Estados Unidos acababa de perder la final de la Gold Cup 2025, un pulso áspero por el trono de la Concacaf. El verdugo, cómo no, México, el rival que más duele.
¿Lágrimas de tristeza, de rabia por el resultado? En parte. Pero, como explicó esta semana, también eran lágrimas de empatía. Sus jugadores acababan de disputar una final continental. En Houston, una de las mayores áreas metropolitanas del país que representan.
Y, sin embargo, el ambiente fue hostil. La grada rugía, sí, pero a favor del vecino. Verde por todas partes.
En otros destinos de su carrera, una escena así habría sido impensable: como imaginar el estadio del Tottenham teñido casi por completo de camisetas del Arsenal en un derbi. A un año del Mundial, Pochettino recibió un baño de realidad. No solo sobre lo lejos que estaba todavía su proyecto de una gran carrera mundialista, sino sobre la posición tan extraña —y muchas veces desfavorable— que ocupan sus futbolistas en el ecosistema deportivo de su propio país.
“Siendo honestos, quizá no sentimos ni vimos lo difícil que iba a ser el proceso… Fuimos muy ingenuos”, admitió esta semana. “Juzgamos mal la situación. Era peor de lo que creíamos. Cuando llegamos aquí, recibimos un gran golpe, un puñetazo, y estuvimos noqueados un tiempo. Dijimos: ‘What the fuck?’”.
Ese “puñetazo” al que se refiere, en realidad, había llegado meses antes de la final perdida en Houston. Fue el primero de tres golpes que moldearon el camino de esta selección.
Golpes que, paradójicamente, la han traído hasta aquí.
De la caída con Panamá al vacío en la grada
En marzo de 2025, el reto en la Concacaf Nations League parecía rutinario: superar a Panamá en semifinales y citarse de nuevo con México o Canadá en la final. Desde el estreno del torneo en 2019-20, Estados Unidos había ganado las tres primeras ediciones.
Esta vez ni siquiera pisó el partido decisivo.
El equipo se atascó ante una Panamá bien organizada, encendida, que jugaba como si fuera una final. Y, para colmo, el problema fue justo el opuesto al vivido después en Houston: no había nadie mirándolos.
“Estaba vacío”, recordó Pochettino. “¿Recuerdan el partido con Panamá? Era la gente mexicana en la grada porque ellos jugaban después de nosotros”.
Durante décadas, Estados Unidos dominó a Panamá. Hasta mediados de 2021, el balance marcaba 17 victorias, 4 derrotas y 2 empates. Pero ese día se impuso la nueva tendencia: fue el cuarto triunfo panameño en los últimos seis duelos directos, tras la semifinal de la Gold Cup 2023, el partido de fase de grupos de la Copa América 2024 y, ahora, su primera clasificación a una final de Nations League. Todo, castigando una desconexión mental estadounidense con apenas su tercer disparo a puerta.
“Fue un buen choque, ¿no?”, deslizó Pochettino. “Y fue bueno verlo. Cuando la gente dice: ‘Sí, pero tienen malos resultados’. Sí, sí: malos resultados. No hay problema. Sabemos lo que vamos a hacer. Cuando detectamos los problemas, vamos a por la solución. Y sabíamos que la solución iba a llegar”.
Entre esos problemas, el técnico señaló uno nuclear: la cultura del grupo. Un vestuario demasiado cómodo, demasiado instalado en la zona de confort. Así que cuando Christian Pulisic le pidió saltarse la Gold Cup pero sí participar en los amistosos previos ante Turquía y Suiza, Pochettino dijo no. Quería un grupo cohesionado desde el primer día de concentración hasta el final del torneo. La misma línea que mantendría con la lista para el Mundial.
Esa negativa encendió un tira y afloja entre estrella y entrenador. Las derrotas claras en esos amistosos previos aumentaron la presión externa. Pero Pochettino había trazado una línea roja: o estás dentro al cien por cien, o ves los partidos desde casa.
Un nuevo núcleo… y un técnico que también cambia
La Gold Cup se convirtió en un laboratorio. Y de ahí salieron piezas clave de lo que hoy es el corazón de la selección.
Malik Tillman, por fin, tuvo la oportunidad de ser el gran generador de juego de su país. Matt Freese se adueñó del arco y sobrevivió a un mano a mano de jerarquía con Keylor Navas en una tanda de penaltis. Alex Freeman se convirtió en un joven indiscutible. Sebastian Berhalter se ganó un lugar en la rotación del mediocampo de Pochettino.
El técnico también dio un giro. Un torneo de selecciones se parece mucho más al día a día de un club que a las ventanas de amistosos dispersos. Durante más de un mes trabajó con un grupo fijo, cada día, con tiempo para ajustar automatismos, pulir detalles, insistir en su idea.
Incluso mientras se tragaba las lágrimas tras caer ante México en la final, Pochettino no dudó en elogiar el corazón de su equipo. Lo veía como un requisito indispensable para alcanzar sus ambiciones en el Mundial.
“Seguid mejorando, pero por favor no cambiéis”, les pidió en el vestuario, todavía con la cabeza en el ambiente hostil de Houston.
Poco después, en Columbus, llegó otra imagen que le marcó. “Estábamos viendo Ohio State contra Texas”, recordó, aludiendo a un partido universitario de fútbol americano disputado el 30 de agosto de 2025. “Había 70.000 aficionados. Y mi pregunta fue: ¿por qué no? Si los aficionados son tan apasionados, ¿por qué no con nosotros, con el soccer? Porque si el apoyo es con nosotros, van a mostrar la misma pasión. Es enorme. Es muy poderoso para el jugador”.
De ahí nació un mantra: “Why not us?”. Y con él, un nuevo estilo.
Con Pulisic y otros pilares de regreso en septiembre, Pochettino estrenó el modelo que acabaría siendo la base del equipo: una estructura fluida, cambiante, que muta sobre la marcha para descolocar rivales con movimientos sin balón, cambios de orientación vertiginosos y una valentía casi temeraria cuando se abre una rendija. Un equipo que quiere espectáculo. Showtime.
Los resultados empezaron a acompañar: 2-0 a Japón en septiembre, empate con Ecuador y triunfo sobre Australia en octubre, una ventana de noviembre con victoria ante Paraguay y un 5-1 demoledor contra Uruguay para cerrar 2025 en lo más alto.
El tercer golpe: Bélgica, Portugal y el regreso del ruido
Y entonces llegó marzo. Y con él, la tercera lección dura: dos derrotas, un 7-2 global que sonó a frenazo en seco. Más allá del marcador, preocupó la forma. El equipo se vio inseguro. La defensa, desbordada, incluso regresó por momentos a una estructura anterior, más vulnerable, en el choque ante Bélgica. Pulisic, sumido en la peor sequía goleadora de su carrera, recibió una titularidad poco habitual como delantero centro frente a Portugal. Apenas dejó huella.
“Creo que siempre hemos creído en lo que hacemos”, explicó esta semana Chris Richards, “pero siento que la concentración de marzo fue realmente importante. Dimos a dos muy buenos equipos de Europa un partido muy fuerte”.
Pochettino mantuvo la fe, aunque en su propia defensa reconoció la diferencia de jerarquías individuales: “Bélgica y Portugal tienen, entre los 100 mejores jugadores, algunos futbolistas ahí. Creo que nosotros no tenemos ninguno”.
Dentro del vestuario se respiraba convicción. Fuera, el pesimismo volvía a instalarse. Para muchos aficionados, esta era la versión conocida de la selección: capaz de firmar resultados llamativos y, acto seguido, estrellarse contra la realidad, tan vulnerable ante gigantes como ante rivales menores. ¿No se arrepentirían de haber elegido amistosos pre-Mundial contra dos potencias como Senegal y Alemania?
“No”, respondió Pochettino. “Es bueno para nosotros. Va a medir nuestro nivel”.
El campo le dio la razón. Un 3-2 a Senegal y un 2-1 ajustado ante Alemania dibujaron a un equipo que empezaba a llegar al punto justo de cocción.
Y desde ahí, la historia reciente ya es conocida.
De la escuela de golpes al escaparate del Mundial
En el Mundial 2026, la selección de Pochettino ha irrumpido como uno de los equipos más llamativos del torneo. Dos partidos, dos victorias, 6-1 en el global. Primer puesto del grupo asegurado con una jornada de antelación. Un lujo extraño para Estados Unidos: disputar un partido mundialista sin nada en juego clasificatorio. Un lujo… o una trampa, según se mire.
El 4-1 a Paraguay fue una exhibición de ritmo y pegada. El 2-0 a Australia, una demostración de control, madurez y solidez. Y este jueves, un trámite: un duelo sin consecuencias entre una Turquía ya eliminada y una Estados Unidos que llegaba como campeona matemática del Grupo D.
Esta vez, el entorno sí empujó. Estadios encendidos, ruidosos, con un apoyo que Pochettino y sus jugadores sienten como combustible directo para sus piernas y sus ideas.
Solo cuatro selecciones sellaron el primer puesto de su grupo tras dos jornadas. Argentina y Alemania, dos gigantes históricos. México, respaldada por un apoyo masivo y acostumbrada a sobrevivir en alturas y ambientes hostiles. En esa lista aparece ahora también el equipo de Pochettino.
El técnico no olvida de dónde viene este grupo. Tampoco los jugadores. “No se va a resolver de la noche a la mañana, no se va a resolver en una concentración, ni a veces en seis meses o doce meses, quizá no tan rápido como todos querían”, apuntó el defensor Mark McKenzie. “Creo que estamos demostrando que es un proceso”.
Un proceso que empezó con gradas vacías y lágrimas en Houston. Hoy, con un país que por fin empieza a mirarlos de frente, la pregunta que los guía suena más fuerte que nunca: Why not us?
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