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Santiago Giménez: entre San Siro y el Azteca, un goleador en crisis

Santiago Giménez llegó a San Siro en febrero de 2025 con la etiqueta que todos los delanteros desean y pocos soportan: goleador probado. Sus números en el Feyenoord hablaban solos. 65 goles en 105 partidos, dos temporadas completas superando la barrera de los 20 tantos en De Kuip y una fila de clubes europeos siguiendo sus pasos muy de cerca.

El interés fue real y masivo. Inglaterra lo quiso. Hubo miradas insistentes desde la Premier League. Pero el mexicano eligió otra cosa: eligió un sueño de niño. Eligió Milan. El escudo, el estadio, la camiseta que admiraba desde la televisión. No era solo un fichaje, era una declaración sentimental.

Del idilio al impacto con la realidad

El arranque no fue un desastre, pero tampoco un flechazo. Giménez marcó seis goles tras su llegada a San Siro, un registro aceptable para un recién llegado, aunque lejos de la versión demoledora que había mostrado en los Países Bajos. Se habló de adaptación, de cambio de liga, de ritmo, de contexto. De las dificultades lógicas de salir de una zona de confort futbolística.

El verdadero golpe llegó después. Lesiones. Cinco meses fuera en su primera temporada completa en Italia. Demasiado tiempo para un delantero que vive de la confianza, del ritmo, de la repetición de movimientos en el área. Sin continuidad, el mexicano se fue apagando. El balance reciente es duro: apenas un gol en la Coppa Italia en la última campaña.

En un club como Milan, esa cifra pesa. Más aún en un verano de agitación, con Massimiliano Allegri saliendo del banquillo y varios veteranos bajo la lupa. En ese escenario, el nombre de Giménez aparece inevitablemente en las conversaciones sobre posibles salidas. Un nuevo comienzo vuelve a sonar.

Borgetti pone el foco en el contexto

Jared Borgetti, segundo máximo goleador histórico de la selección mexicana, conoce bien el peso de llevar el gol de un país sobre los hombros. Consultado por GOAL, fue directo al analizar el año del delantero en Italia, sin cargar todo el peso sobre el jugador.

“Lamentablemente, el paso a Italia no ha sido un buen año para Santiago, pero no es únicamente por el jugador o por sus problemas”, explicó Borgetti, señalando a la lesión como un factor clave que le impidió competir en igualdad por un puesto y sostener el nivel que mostró en el Feyenoord.

El exdelantero también apuntó al entorno. Milan, como colectivo, no estuvo a la altura de sus propias expectativas. En un equipo que no funciona, nadie brilla. Borgetti fue claro: decir que algún jugador se destacó esta temporada sería exagerar. Y en ese contexto, un atacante que depende del funcionamiento ofensivo sufre todavía más.

Giménez es precisamente ese tipo de delantero. Necesita que el sistema lo alimente, que el equipo genere ocasiones, que la circulación de pelota lo encuentre en zonas de remate. Cuando el engranaje se traba, el impacto del “9” se reduce. Para Borgetti, la baja de rendimiento es una mezcla: parte del propio jugador, parte del equipo y parte de una atmósfera que termina contaminando las actuaciones individuales.

Un hincha en el césped de su infancia

En medio de las dudas, Giménez se aferra a algo que no se entrena: la convicción. No se ve fuera de Milan ni se siente derrotado. Al contrario, insiste en que puede marcar diferencias en el club al que llegó como aficionado antes que como profesional.

En declaraciones a Billboard Italia, el delantero abrió la puerta a su lado más emocional: “He apoyado a Milan desde que era niño, así que encontrarme jugando en ese estadio que solo podía ver por televisión significa muchísimo para mí”. No es una frase de compromiso. Es la explicación de por qué, pese a los golpes, sigue creyendo que ahí puede escribir su historia.

El respaldo de la grada, por ahora, lo sostiene. “Los aficionados me recibieron con mucho cariño y, a pesar de que aún no he rendido como me gustaría, siguen empujándome y confiando en mí. Como una familia”, añadió. En un club donde el juicio suele ser implacable, Giménez todavía no ha sentido la furia que otros sí conocen. Esa tregua emocional es un activo que no figura en ninguna estadística, pero pesa.

El Mundial como trampolín… o sentencia

El siguiente capítulo no se escribirá en Italia, sino en México. Y no en cualquier escenario, sino en el más grande de todos: un Mundial en casa. Para un delantero en busca de redención, pocas vitrinas ofrecen una oportunidad tan brutal.

Giménez no se esconde. Todo lo contrario. Asume el reto con una mezcla de responsabilidad y ambición desbordada. “Cuando te pones la camiseta de la selección, representas a todo un país, así que tienes una responsabilidad enorme, pero al mismo tiempo es algo maravilloso”, explicó al hablar de lo que significa disputar la Copa del Mundo en suelo mexicano.

Confía en la fuerza de su gente. “Sé que México, con su gente, es muy fuerte en casa. Estoy convencido de que será un gran Mundial. México va a ganar, ¡y yo seré el máximo goleador!”. No es una frase tímida. Es una promesa pública.

El torneo arranca con México en el partido inaugural del Mundial 2026. El escenario, el Estadio Azteca. El rival, Sudáfrica. Un debut cargado de simbolismo para un país que vuelve a abrir la Copa del Mundo y para un delantero que busca encenderse justo cuando más reflectores apuntan hacia él.

Después esperan Corea del Sur y Chequia en el Grupo A. Tres partidos para marcar territorio, para liderar a El Tri hacia las rondas de eliminación directa y, en el caso de Giménez, para cambiar el relato que hoy lo rodea en Europa.

Entre la presión de Milan y el rugido del Azteca

El plan es claro: un gran Mundial, muchos goles, México compitiendo arriba… y un regreso a San Siro con otro peso específico. No solo como el chico que soñaba con jugar de rossonero, sino como el delantero que llega lanzado desde la mayor cita del fútbol.

Su contrato con Milan se extiende hasta el verano de 2029. El club tiene tiempo. Él también. Lo que no tiene es margen para otro año gris. El Mundial puede ser el punto de inflexión que lo impulse a consolidarse en Italia o el escaparate que reabra, con más fuerza, la puerta de una nueva salida.

En unos meses, cuando el ruido del Azteca se apague y vuelva el eco de San Siro, se sabrá si Santiago Giménez usó la Copa del Mundo como trampolín… o si el fútbol europeo empieza a mirarlo como una oportunidad perdida.