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El dilema de Kylian Mbappé en el Real Madrid

En el túnel que desemboca en el césped del Bernabéu, los jugadores de Real Madrid pasan cada día frente a una frase de Alfredo Di Stéfano, grabada en la pared como un recordatorio y, últimamente, como una acusación: «Ningún jugador es tan bueno como todos juntos».

El mito que sostuvo las cinco Copas de Europa consecutivas entre 1956 y 1960, el técnico en dos etapas, el presidente de honor hasta su muerte en 2014, dejó una sentencia que hoy resuena con otra fuerza. En un club que se asoma al final de su segunda temporada seguida sin un gran título, el foco ya no está solo en el colectivo. Está en las estrellas. Y, sobre todo, en una: Kylian Mbappé.

El ruido que rodea al nuevo galáctico

Vinicius Junior, Jude Bellingham, Mbappé. Hasta el propio Florentino Pérez ha escuchado silbidos esta temporada. El modelo galáctico, orgullo de la última gran era blanca, se ha convertido en diana.

El ambiente se ha enrarecido. El puñetazo más visible lo dieron Aurelien Tchouameni y Federico Valverde la semana pasada, en una pelea en Valdebebas que dejó al desnudo tensiones que venían de atrás. Pero el debate que más se ha inflamado en los últimos meses gira alrededor del francés, el fichaje que el club persiguió durante años y que llegó libre en junio de 2024 con una prima de fichaje gigantesca.

Cuando firmó, el escenario parecía perfecto: Real Madrid venía de ganar LaLiga y la Champions, Bellingham y Vinicius Jr brillaban, y la sensación era que se cerraba un círculo para dominar Europa durante años. Un verano de euforia. Dos años después, la foto es otra. Problemas por todas partes.

Curiosamente, los números de Mbappé no son el problema.

Desde que aterrizó, nadie ha marcado más que él: 77 goles entre LaLiga y Champions, Bota de Oro en la temporada 2024-25. En la reciente eliminación en cuartos de final ante Bayern Múnich, fue de los pocos que ofreció el nivel esperado, con dos tantos en la eliminatoria. En esta Champions suma 15 goles, muy cerca de los 17 que Cristiano Ronaldo firmó en la 2013-14, récord absoluto del torneo.

Las estadísticas avanzadas son igual de contundentes. Mbappé ha marcado casi el doble que cualquier compañero desde su llegada. Acapara la mayoría de las ocasiones del equipo y ha anotado siete goles más de los que su volumen y calidad de oportunidades sugerirían. Rinde por encima de lo esperado.

Y, sin embargo, el Bernabéu le pita.

En el primer partido en casa tras caer en Champions, los aficionados le señalaron con abucheos. Desde entonces, el juicio se ha desplazado al terreno extradeportivo. El Athletic destapó una bronca de Mbappé con un miembro del cuerpo técnico en la previa del duelo ante Real Betis el 24 de abril, otro episodio que, según distintas fuentes, ha contribuido a enrarecer el clima interno.

También levantó ampollas su viaje a Italia con su pareja durante la recuperación de una lesión, pese a que su entorno defendió públicamente que todo se hizo bajo supervisión del club: «Una parte de las críticas se basa en una sobreinterpretación de elementos relacionados con un periodo de recuperación estrictamente supervisado por el club, y no refleja la realidad del compromiso diario de Kylian con el equipo», explicaron sus representantes.

Con ese telón de fondo, la pregunta se ha instalado tanto en el club como en la grada: ¿ha merecido la pena este viaje?

El caso contra Mbappé: desequilibrios y desconexiones

Cuando su fichaje procedente de Paris Saint-Germain se encaminaba a ser oficial hace dos años, un miembro del cuerpo técnico de Carlo Ancelotti señaló en privado un dato muy concreto: las estadísticas de Mbappé sin balón. O, mejor dicho, la ausencia de ellas.

Ya entonces, el cuerpo técnico se preocupaba por el equilibrio del equipo con su llegada. Podía parecer pesimismo exagerado en un vestuario recién coronado campeón de Europa por decimoquinta vez, con una plantilla cargada de talento. Hoy, aquella cautela suena a advertencia.

En LaLiga y en Champions, Mbappé es el jugador de Real Madrid con menos entradas, menos interceptaciones y menos recuperaciones de balón por 90 minutos. Más revelador aún es el dato de los intentos de entrada “reales”: la suma de entradas ganadas, perdidas y faltas cometidas, que mide cuántas veces un futbolista decide meter la pierna.

En LaLiga ocupa el último puesto de los 461 jugadores de campo analizados: apenas 0,6 intentos por partido.

Salvo contadas excepciones —algún Clásico, alguna noche grande de Champions—, Mbappé es el futbolista blanco que menos esfuerzo defensivo realiza. Para una superestrella ofensiva no es, por sí solo, un pecado capital. El problema llega cuando comparte ataque con otros galácticos de perfil ofensivo como Vinicius Jr, Bellingham o Rodrygo. El equilibrio salta por los aires.

Y todavía queda otro rompecabezas: su encaje con Vinicius Jr en la izquierda. Sobre el papel, una banda para aterrorizar defensas. Sobre el césped, una convivencia incómoda.

Sus mapas de toques lo explican bien: ambos tienden a caer al mismo sector, el costado izquierdo, en la fase de construcción. Se han visto destellos, paredes, jugadas de alta gama. Pero la conexión no es fluida ni constante, lejos de la sociedad que Vinicius y Rodrygo construyeron en temporadas anteriores.

Esa aparente incompatibilidad abre una doble herida. Por un lado, cuestiona la planificación deportiva: ¿quién pensó que dos atacantes dominantes en el mismo perfil, ambos reclamando la izquierda, era una solución de largo plazo? Por otro, plantea si compensa tener a un goleador voraz si su presencia condiciona tanto el juego colectivo.

Los datos colectivos alimentan la duda. Real Madrid marcó 78 goles en LaLiga la temporada pasada y suma 70 en la actual con tres jornadas por disputarse. En la 2023-24, sin Mbappé y sin un “9” indiscutible —con Bellingham actuando de falso nueve y Joselu como referencia desde el banquillo—, el equipo firmó 87 tantos.

La pregunta se extiende hacia el futuro: ¿cómo afectarán las necesidades posicionales de Mbappé a otros talentos que puedan llegar? ¿Hasta qué punto condiciona la estructura ofensiva del club?

Y aún no hemos entrado en el terreno más delicado: la armonía del vestuario. Por jerarquía y salario, Mbappé está obligado a dar la cara en los momentos más difíciles. No siempre lo ha hecho.

Su fichaje llegó después de varios veranos de persecución infructuosa. En su presentación en julio de 2024, Florentino Pérez habló de «un gran esfuerzo» por parte del jugador para vestir de blanco. Pero en la memoria del madridismo sigue muy presente el “no” de 2022. Cuesta identificar ese esfuerzo cuando se trata del futbolista mejor pagado de la plantilla y aún no ha levantado la Champions con el club.

El caso a favor: talento descomunal y el espejo de Cristiano

Pese al ruido, Mbappé sigue siendo uno de los mejores jugadores del planeta. Incluso en medio de las dudas, todo apunta a que volverá a ser protagonista con Francia en el Mundial de este verano.

Su versión más devastadora aparece cuando el equipo le reconoce como protagonista indiscutible, como sucede con la selección francesa. Campeón del mundo con 19 años en 2018, autor de un hat-trick en la final de 2022 —solo Geoff Hurst lo había logrado antes—, aunque aquella noche terminó del lado de Lionel Messi y Argentina.

Cuando Xabi Alonso, en su etapa como entrenador del Madrid, le dio un rol más central por delante de Vinicius Jr en la primera mitad de esta temporada, el francés respondió. Se le vio más suelto, más cómodo, más constante.

Tiene margen de mejora, sobre todo sin balón. Pero con 27 años, en plena madurez física y con tres años de contrato por delante, la sensación es que, si el club le ofrece confianza y un marco claro, aún puede elevar su impacto.

En un vestuario que ha ido perdiendo voces de peso como Karim Benzema, Toni Kroos o Luka Modric, sostener a un líder por talento casi se convierte en necesidad estructural. Mbappé, con todos sus matices, lo es.

Fuera del campo, pese a algunos tropiezos mediáticos, se ha mostrado como un comunicador hábil en entrevistas y zonas mixtas. Cuando Vinicius Jr denunció insultos racistas por parte del argentino Gianluca Prestianni en la ida del play-off de Champions frente a Benfica en febrero, Mbappé salió en defensa de su compañero con un discurso firme y articulado. Prestianni negó cualquier racismo y fue sancionado con seis partidos por conducta homófoba, no por insultos racistas, pero el francés se posicionó sin titubeos.

Y conviene recordar algo más: Real Madrid ya ha transitado por territorios parecidos con otro ídolo de Mbappé, Cristiano Ronaldo.

En sus dos primeras temporadas de blanco, el portugués solo ganó una Copa del Rey. Tardó cinco años en alzar su primera Champions con el club, en 2014, en Lisboa ante Atlético de Madrid. Por el camino dejó episodios enigmáticos. En septiembre de 2012, tras marcar dos goles a Granada, no celebró y lanzó una frase que dio la vuelta al mundo: «Estoy triste y la gente del club lo sabe».

La historia posterior es conocida: cuatro Champions, máximo goleador histórico del club cuando se marchó en 2018, un legado que cambió la dimensión moderna de Real Madrid.

Si algo enseña ese precedente es que, con determinados futbolistas, la espera puede merecer la pena. La cuestión que sobrevuela hoy el Bernabéu es si el club, el vestuario y la grada están dispuestos a concederle a Kylian Mbappé el mismo margen de tiempo y de confianza. O si, esta vez, el reloj del madridismo corre demasiado deprisa.