La última jornada de la Premier: Tottenham, West Ham y despedidas
El último día. Diez partidos a la vez. Transistores imaginarios pegados al oído, miradas perdidas hacia un marcador que está a cientos de kilómetros, susurros en la grada sobre un gol en otro campo que puede cambiarlo todo. La jornada final de la Premier siempre promete algo, aunque no siempre sea lo que el calendario soñó en agosto.
El título se cayó del guion hace semanas. La lucha por Europa apenas despierta pasión fuera de los implicados directos. Pero ahí está Tottenham, fiel a sí mismo, rescatando la función con una mezcla de caos, torpeza y fatalismo marca de la casa. Gracias a su incapacidad para rematar nada —ni partidos, ni temporadas, ni proyectos— el descenso llega vivo al último acto.
Y eso, para el espectador neutral, es oro puro.
Partido para ver: Tottenham v Everton
James Maddison lo definió con una palabra que duele: “vergonzoso”. Y lo es. Tottenham, un club que presume de grandeza, llega a la última jornada con un peligro real de descenso.
La paradoja es brutal. El año pasado acabaron 17º con los mismos puntos que tienen ahora. Entonces llevaban semanas salvados porque había tres equipos hundidos desde Navidad. Esta vez solo hay dos descolgados y el suelo se ha movido bajo sus pies.
En aquella campaña, el desplome final se maquilló con la excusa de la Europa League, priorizada en cuanto la permanencia quedó casi sellada tras una racha de tres victorias en febrero. No fue toda la historia, pero algo había de cierto.
Este año, la coartada es la enfermería. Una lista de bajas interminable, sí. Pero con un matiz incómodo: en enero ya estaban en cuadro y el club decidió no hacer nada para no parecer desesperado. No quisieron que les llamaran nerviosos. Hoy parecen otra cosa: irresponsables.
La gestión del mercado invernal roza lo temerario. La venta de Brennan Johnson, por buen dinero y pronto, tuvo lógica. Ni en Tottenham antes ni en Crystal Palace después ha demostrado ser un error. El problema llegó después: ver cómo Mohammad Kudus se rompía gravemente en el siguiente partido y aun así no mover un dedo para sustituir a ninguno de los dos. Tres semanas de ventana tiradas a la basura. Si el domingo acaba en tragedia, ese será un capítulo central en el informe forense.
Y, siendo sinceros, aunque se salven también lo será. Porque incluso si Tottenham araña el punto que necesita, cuesta imaginar un argumento sólido para que Vinai Venkatesham o Johan Lange conserven el puesto tras una temporada que roza lo inimaginable en términos de incompetencia deportiva.
Roberto De Zerbi ha mejorado el equipo. Eso se ve. Pero también se ve que el ataque es un solar. El italiano se ve obligado una y otra vez a alinear un tridente con Richarlison, Mathys Tel y un Randal Kolo Muani en un estado de forma deprimente, y a rezar para que un Maddison a medio gas pueda cambiar algo cuando entre tras el descanso.
Las últimas apariciones del mediapunta, ante Leeds y Chelsea, son una doble sentencia. Muestran cuánto ha echado de menos el equipo su creatividad, pero también dejan al descubierto el nivel de los que sí estaban disponibles: con un Maddison claramente falto de ritmo, Tottenham ha parecido mucho más peligroso en apenas veinte minutos que en el resto del partido.
El cálculo es simple: un punto y estarán a salvo. Salvo que West Ham le meta doce a Leeds, escenario tan grotescamente “Spursy” que ni el más pesimista se lo toma en serio. Sobre el papel, Everton parece el rival adecuado: un equipo agotado, sin victorias desde principios de marzo y con el sueño europeo prácticamente evaporado.
Pero nadie en su sano juicio firmaría la garantía. No con este Tottenham.
El arranque lo es todo. Este grupo, incluso en su versión ligeramente mejorada con De Zerbi, tiene la confianza de cristal. En cuanto recibe un golpe, se desmorona. Lo ha demostrado en Sunderland y en Stamford Bridge, donde pasó de controlar el partido a venirse abajo tras encajar el primer gol. Lo repitió en casa ante Leeds: del piloto automático a la histeria después del empate visitante.
Por eso necesitan golpear primero. No solo para calmar sus propios nervios, también para no regalar esperanza a los que vienen por detrás.
Se puede imaginar el ambiente en el Tottenham Hotspur Stadium si llega el rumor de un gol de West Ham. Un murmullo que se convierte en rugido, después en pánico. Y, en el césped, once jugadores que han demostrado una y otra vez que no saben gestionar la tensión.
Las cuentas son sencillas: hay nueve combinaciones posibles de resultados entre Tottenham y West Ham. Ocho dejan a los de De Zerbi en la Premier. Una los manda al abismo.
Es Tottenham. Cuesta no pensar que aún les queda una última catástrofe guardada en el guion.
Si tropiezan, si pierden como perfectamente podrían hacerlo, el foco saltará al otro lado de la capital.
Equipo para seguir: West Ham
West Ham llega a la última jornada con la sensación de quien se aferra a la barandilla del tren en marcha. No dependen de sí mismos. Se enfrentan a un rival, Leeds, que llega en mejor momento que Everton. Pero tienen una opción. Y después de la rendición en Newcastle, eso ya es mucho.
El plan es tan claro como difícil: rezar para que Leeds esté en modo chanclas y puro. Porque si el partido se jugara en condiciones normales, lejos del hervidero emocional de una última jornada, costaría defender que este West Ham —tres derrotas seguidas, cada una peor que la anterior— pueda tumbar a un Leeds que suma ocho partidos invicto.
La semana pasada Leeds tampoco se jugaba nada. Aun así, se cargó a un Brighton que sí se lo jugaba todo. No parece un equipo programado para dejarse ir.
West Ham, en cambio, tiene la obligación moral de ofrecer un “todo o nada” que brilló por su ausencia en Newcastle. Si no aparece ahora, no aparecerá nunca.
La hoja de ruta es obvia: marcar pronto, meter presión a un Tottenham frágil hasta lo indecible y dejar que el miedo haga el resto en el norte de Londres. Es un escenario de tiro largo, sí. Pero no es fantasía. Si West Ham cumple con su parte, el resto puede caer por su propio peso.
Entrenador para seguir: Pep Guardiola
En otro escenario, su nombre estaría ligado al título. Hoy, la historia es distinta. Pep Guardiola se asoma por última vez a una banda de la Premier League. Como ocurrió con Ferguson, Wenger o Klopp, cuesta imaginarlo sentado en otro banquillo del campeonato.
El partido ante Aston Villa, flamante campeón de la Europa League, no decide nada. Manchester City se cayó de la pelea con Arsenal al tropezar en Bournemouth a mitad de semana, en un empate trabajado pero ni siquiera merecido. No habrá final con susto. Solo vuelta de honor sin trofeo liguero.
La temporada no es un fracaso absoluto. Un doblete doméstico de copas, con un equipo en transición, sostiene el expediente. Pero tampoco es un éxito a la altura del monstruo que Guardiola ha construido durante una década. Seis ligas en siete años, muchas de ellas exigiendo más de 95 puntos para competir. Una tiranía futbolística.
Salir del escenario después de dos cursos sin pelear realmente por el título —uno sin opción alguna, otro con una carrera a trompicones— le dejará una espina clavada. Aun así, se marcha como el segundo mejor entrenador de la historia de la Premier.
Y con el número uno tan claro, no es precisamente un mal epitafio.
Jugador para seguir: Mohamed Salah
Otra despedida. Esta, mucho menos amable.
Mohamed Salah se marcha de Liverpool tras una última temporada áspera, de gestos torcidos y declaraciones desafortunadas. Sin Trent Alexander-Arnold detrás, se le ha visto perdido por momentos, desconectado del juego y en guerra consigo mismo y con el entorno. Entre entrevistas mal planteadas y mensajes en redes, ha ido levantando una nube innecesaria sobre su figura.
Es una pena. Estamos hablando de uno de los grandes delanteros de la historia de la Premier y de Liverpool. Un futbolista que debería irse entre ovaciones unánimes, no envuelto en la misma bruma en la que hace un año se marchó el propio Alexander-Arnold.
Desde el punto de vista narrativo, sin embargo, su situación tiene una ventaja evidente: Salah será protagonista pase lo que pase. Liverpool necesita un punto para asegurar la Champions de la próxima temporada. Él será el centro de atención esté en el césped, en el banquillo con cara de pocos amigos, entrando media hora o incluso ausente de la convocatoria.
En una tarde con diez partidos simultáneos, seguirá siendo el jugador al que todos miren. Incluso si ni siquiera pisa el estadio.
Partido de Football League para seguir: Hull City v Southampton Middlesbrough
El play-off de ascenso del Championship no suele necesitar ayuda para generar drama. El premio —unos 200 millones de libras y un billete a la Premier— lo hace por sí solo. Este año, sin embargo, la historia se ha desbordado con el “Spygate” más ridículo que uno pueda imaginar.
Southampton ha pagado caro su torpeza. Lo más llamativo no es solo la gravedad del castigo, sino lo cutre del delito. Nada de drones, nada de tecnología punta. Un empleado con el móvil en la mano, sin siquiera el ingenio de disfrazarse de socio de club de golf para salir de allí sin llamar la atención. Un ridículo mayúsculo que puede costar una fortuna.
Middlesbrough, por su parte, es víctima y beneficiario a la vez. La sanción a Southampton le abre una puerta que, deportivamente, había cerrado en el césped. Perdieron la semifinal. Y en cualquier otra temporada, eso habría sido el final de la historia.
La gran damnificada es Hull City. El único equipo que hizo lo de siempre: ganar su eliminatoria a doble partido y sellar su billete a Wembley sin polémicas. Son los inocentes de la película y, sin embargo, los que más han sufrido el caos. Mientras Southampton y Middlesbrough al menos sabían que su futuro pasaba por Hull o por el sofá, Hull no supo hasta menos de 72 horas antes del partido quién iba a estar enfrente.
Y aun así, el fútbol tiene una tendencia cruel a la ironía: todo apunta a que Middlesbrough puede acabar logrando el ascenso como el primer semifinalista derrotado que sube en la historia de los play-offs. La lógica deportiva dice una cosa. La lógica del “banter” dice otra muy distinta.
Partido europeo para seguir: Bayern Munich v Stuttgart
En Alemania, Harry Kane busca otro trofeo para suavizar un poco más la vieja narrativa de “maldito por las finales”. Bayern Munich, campeón indiscutible de la Bundesliga, se mide a Stuttgart, vigente campeón, en la final de la DFB Pokal.
El cartel invita a pensar en una victoria rutinaria de Bayern. No lo es tanto. No levantan la copa desde 2020, cuando sumaron su vigésimo título. Ni siquiera habían vuelto a la final en los últimos cinco años. Para un club acostumbrado a devorarlo todo, es una sequía llamativa.
Stuttgart llega con historia reciente a su favor. Defiende título, ha conquistado la Pokal cuatro veces y encadena finales por primera vez. Sabe lo que es perder ante Bayern en este escenario —1986 y 2013—, pero también lo que supone plantarse en un partido así sin complejos.
Entre descensos, despedidas y finales, el fútbol cierra su temporada de la forma que mejor conoce: con nervios, cuentas de la vieja y la sensación permanente de que, en cualquier momento, alguien puede escribir el último gran desastre del año. Y en Londres, todos miran al mismo sitio para saber quién será.
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