Gabriel Martinelli salva a Brasil en el 96’ y avanza a octavos
Brasil caminaba al borde del abismo cuando apareció Gabriel Martinelli. Minuto 96, empate a uno, la prórroga asomando en Houston y Japón oliendo la hazaña. Un toque para perfilarse, otro para cruzar la pelota. Al palo y dentro. Un gol con firma de Premier League que salvó a la Canarinha y la mandó a octavos del Mundial con un 2-1 agónico.
Hasta entonces, el plan de Brasil se había ido deshilachando. El equipo de Carlo Ancelotti se marchó al descanso por detrás, golpeado por un Japón valiente y sin complejos. Kaishu Sano silenció a la grada brasileña en el minuto 29, culminando la fe de los Samurai Blue con un tanto que castigaba la falta de claridad de la pentacampeona.
Brasil necesitaba un líder y encontró a un central con alma de asistente. Once minutos después de la reanudación, un centro magnífico de Gabriel desde la banda derecha viajó teledirigido al segundo palo. Allí irrumpió Casemiro, que atacó el espacio y conectó un cabezazo inapelable. 1-1 y algo de aire para una selección que, hasta entonces, había vivido incómoda.
El partido se abrió. Japón amenazaba al contragolpe, Brasil respondía con ráfagas de talento, pero el reloj corría sin piedad. Con el duelo colgando de un hilo, Ancelotti miró al banquillo y tomó una decisión: dentro Gabriel Martinelli, para doblar la presencia del Arsenal en el césped texano y buscar una chispa distinta en el tramo final.
La chispa se convirtió en incendio en el 96’.
Un robo de balón en la frontal, una pared de futbolistas de la Premier y una definición fría en el momento más caliente. El jugador de Bournemouth Rayan recuperó la pelota al borde del área y conectó con Bruno Guimarães. El capitán de Newcastle United levantó la cabeza y filtró un pase quirúrgico, rompiendo la defensa japonesa y encontrando a Martinelli entre líneas.
El extremo controló, encaró y resolvió como si estuviera en un entrenamiento. Deslizó el balón con la derecha, raso, pegado al poste. Zion Suzuki se estiró, pero solo pudo ver cómo la pelota besaba el palo antes de anidarse en la red. Estallido brasileño en Houston. Desolación japonesa.
Era el primer gol de Martinelli en esta edición del Mundial, en su segunda participación en la cita, y llegó con el dramatismo que marca carreras. Su quinto tanto con la selección, en el día de su 26ª internacionalidad. Un momento que él mismo apenas pudo verbalizar después del encuentro: habló de una alegría imposible de explicar, de su familia, de un disparo reciente al poste y de la sensación de que otra oportunidad llegaría. Llegó. Y no la perdonó.
Gabriel, por su parte, sigue firmando un torneo impecable. Ya suma 21 partidos con la selección absoluta y ha sido titular en los cuatro encuentros de Brasil en este Mundial, consolidado como pieza fija en la zaga de Ancelotti.
El premio colectivo también es mayúsculo: la clasificación a octavos, donde Brasil se medirá el domingo a Noruega o Costa de Marfil. Un cruce con aroma a Premier, con la posibilidad de ver a Martin Odegaard enfrente y asegurar presencia del Arsenal en los cuartos de final.
Mientras Brasil celebra, Alemania vuelve a mirarse al espejo
En otro escenario del Mundial, la noche dejó un sabor radicalmente distinto para Kai Havertz. El delantero de Alemania marcó, igualó un partido enredado ante Paraguay, pero terminó marchándose eliminado en la tanda de penaltis tras un 1-1 en los 90 minutos.
Paraguay se adelantó en el minuto 42 con un tanto de Julio Enciso, que castigó a una Alemania que volvía a mostrar grietas conocidas. Havertz apareció cuando el equipo más lo necesitaba: se elevó en el área y conectó de cabeza un centro preciso de Florian Wirtz para firmar el 1-1 y devolver a los suyos al partido.
Alemania empujó, llegó a celebrar un gol de Jonathan Tah en la prórroga, pero el tanto fue anulado y el destino del encuentro quedó atado a los once metros. En la tanda, el guion se torció del todo. Havertz fue uno de los tres jugadores alemanes que fallaron su lanzamiento, abriendo la puerta a una sorprendente clasificación de Paraguay.
El delantero no escondió su frustración después del golpe. Habló de estar “sin palabras”, de un segundo Mundial que termina en decepción, de “desastre” en los últimos grandes torneos y de la obligación de que los jugadores se miren de frente y asuman responsabilidades. “Jugamos para un país enorme, con una gran historia futbolística”, recordó, con el peso de esa frase cayendo sobre cada sílaba.
Mientras Brasil avanza con un héroe de último minuto y la confianza de quien sabe sufrir, Alemania vuelve a casa rodeada de dudas. Unos se suben al tren de las eliminatorias directas; otros, otra vez, se quedan en el andén preguntándose cuánto tiempo más puede permitirse su fútbol vivir de la historia.
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