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Gabriel y su penalti en la final de Champions: entre gloria y herida

El balón voló, el estadio contuvo la respiración y Gabriel se quedó solo con el silencio. Su penalti fallado en la tanda de la final de la Champions League ante PSG abrió la puerta al título parisino y cerró, de golpe, el sueño del doblete para Arsenal, que venía de coronarse campeón de la Premier League por primera vez en 22 años.

Duele. Y él no lo esconde. Pero tampoco se instala en la autocompasión.

Desde la concentración de la selección de Brasil en el Mundial, a las puertas del duelo contra Haití, el central de 28 años mira el cuadro completo de la temporada y elige otro enfoque: “No puedo quejarme”, admite. Y no es una frase vacía. Es el resumen de un año que lo ha cambiado.

Con Arsenal, Gabriel firmó una campaña mayúscula. Sostuvo la zaga, levantó la Premier League y llegó hasta la final de la Champions League, el escenario que todo futbolista sueña. Allí, tras el 1-1 en el tiempo reglamentario, el destino se redujo a once metros. A un disparo. A la fina línea entre héroe y villano.

“Cuando te toca lanzar un penalti, hay consecuencias”, asume. No se esconde detrás del tópico ni del azar. Acepta el peso del error. Pero, al mismo tiempo, reivindica lo vivido: título liguero, crecimiento personal, protagonismo en la élite europea y ahora, el premio mayor para cualquier brasileño, vestir la camiseta de la selección en un Mundial. “Estoy muy feliz de estar aquí y de representar a mi país”, subraya.

En medio de esa mezcla de orgullo y cicatriz, aparece una figura clave: Marquinhos. Capitán de PSG, compañero de Gabriel en la selección, rival directo en aquella final. El contraste no pudo ser más brutal. Mientras un equipo estallaba en celebración por el título europeo, el otro se derrumbaba sobre el césped. Y ahí, en ese instante crudo, se vio algo más que un resultado.

“Fue un momento de tristeza para mí”, recuerda Gabriel. “Lo primero que hizo él no fue celebrar, sino darme un abrazo. Lo que puedo decir es que me dio todo su apoyo”. Una imagen que dice mucho del vestuario de Brasil y de la relación entre ambos centrales.

Gabriel convive con Marquinhos en la selección desde hace “dos o tres años” y no oculta la admiración: “Aprendo cada día cuando estoy con él. Soy fan suyo como persona y como jugador. Mi cariño por él creció aún más después de la final de la Champions League”.

No es una frase lanzada al aire. Es la constatación de cómo un golpe deportivo puede reforzar lazos y moldear liderazgos. Marquinhos levantó la Champions League con PSG; Gabriel levantó la Premier League con Arsenal. Ahora comparten línea defensiva y objetivo: llevar a Brasil lo más lejos posible en el Mundial.

El penalti fallado quedará para siempre en la memoria colectiva de esa final. Para Gabriel, también. Pero su temporada no se reduce a un disparo desviado. Viene de romper una sequía de 22 años en Inglaterra, de asentarse entre los centrales más fiables del continente y de ganarse un lugar en la selección en plena madurez futbolística.

La herida está ahí. La respuesta, también: seguir adelante, competir, aprender. Y ahora, con la camiseta amarilla, la pregunta cambia. No es qué perdió en aquella noche ante PSG, sino hasta dónde puede llegar este defensor que ya sabe lo que es tocar el cielo… y levantarse después de caer.